viernes, 8 de enero de 2016

La Princesa de Arena (Parte II)

Despertó y encontró a su madre profundamente dormida al lado suyo. No quiso despertarla y la arropó con las cobijas al bajar de la cama. Abrió las puertas de su alcoba, y al dar el primer paso hacia el pasillo, escuchó el grito.

-¡Su majestad, su majestad, venga ahora!-

No entendía nada de lo que sucedía, solo escuchó la puerta de su habitación abrirse, sintió los brazos de su madre abrazándola, y percibió el grito de júbilo. Volteó a ver el rostro de su madre, y vio cómo caían lágrimas mientras  reía. El rey llegó corriendo y completó el abrazo, quedando ella apretada entre sus padres, a quienes nunca había visto tan contentos.

-Es un milagro- gritó el rey

-¿Qué es un milagro?-dijo mientras observaba a sus padres aún perpleja

-Tú, tú eres el milagro- le dijo su madre mientras acariciaba su cabello, dándose cuenta que ella no recordaba nada

La indicación había sido clara, solo trabajadores sin familiar alguno podían ser contratados para la obra, todos ellos irían a vivir a unas cabañas construidas específicamente para su estancia durante el tiempo que fuera necesario, y se les proveería de alimento en las inmediaciones del castillo.

Día a día llegaban bloques de concreto al reino, los cuales iban a parar a la parte más lejana del páramo, donde los trabajadores rolaban turnos para que la construcción no cesara nunca, pues día y noche se les podía ver trabajando desde los rincones más lejanos.

La princesa observaba desde su ventana a los hombres que no descansaban, y se preguntaba si aquella lejana torre y los muros levantados alrededor de ella, tenían algo que ver con que cada noche alguno de sus padres se dirigiera al pasillo más lejano del castillo; y que le fuera prohibido el paso por los guardias por orden de los reyes, mientras los veía desparecer a una habitación cerrada con llave y perpetuamente vigilada por custodios.

Esa noche fingió dormir, y cuando notó que su madre se había retirado ya de la habitación se levantó. Salió al pasillo asegurándose que nadie la viera, y lo recorrió lentamente. El castillo se encontraba demasiado silencioso, seguro todos los sirvientes dormían ya.  Se dirigió a la recámara de sus padres y al abrir la puerta no los vio por ningún lado,  entró a la habitación esperando encontrar las llaves, pero lo único que vio fue luz entrando por la ventana. Al asomarse vio una gran fiesta con luces y mesas repletas de personas, la cual tenía lugar junto a  los muros y la torre.

El rey llevaba los platos a los trabajadores él mismo, su esposa servía el delicioso potaje que habían encargado al cocinero real.  Los hombres bebían la cerveza que les había sido regalada en el festejo por la conclusión de la obra. Todos los trabajadores reían jocosamente, mientras admiraban las edificaciones que habían construido. Los reyes encendieron una fogata y mandaron a poner camastros para los ebrios trabajadores, y así no tuvieran que caminar hasta las cabañas para dormir. Los monarcas se despidieron de sus fieles servidores, y se encaminaron a los muros para inspeccionar que los detalles de la construcción habían sido seguidos al pie de la letra.

El pasillo se encontraba completamente solo, y en esta ocasión no había luz que lo alumbrara. Aventó una piedrita que llevaba consigo para asegurarse que ningún guardia se escondiera en la penumbra.  Esperó unos segundos pero nadie salió a su encuentro, la oscuridad del pasillo la asustaba pero era mayor su curiosidad, así que decidió atravesar el negro umbral sin luz alguna. Sus pasos eran lentos y dubitativos, apoyando las manos en la pared para guiarse a través del corredor. Sentía que el tiempo se volvía eterno mientras caminaba hacia el cada vez más claro halo de luz que se veía al fondo. Llegó a una puerta enorme, y por la rendija debajo de la misma la luz atravesaba, prometedora del gran secreto que escondía.

-¡Cuidado!- le gritó mientras la jalaba del brazo, pero la púa alcanzó a rasgarla.

La reina gritó adolorida a pesar de que la herida solo había sido superficial. El rey arrancó un pedazo de tela de su túnica y lo amarró alrededor del brazo de su esposa para detener el sangrado.

-Sigue cada uno de mis pasos, recuerda que no siempre estaré contigo para recordarte el camino- El rey le dio el mapa a la reina, quien sostenía una vela en la mano.

El laberinto había sido construido de manera que  había un solo camino para llegar a la torre que se encontraba en medio del mismo, y a lo largo de las desviaciones habían sido colocadas trampas mortales como la que había herido a la reina. Solo el arquitecto sabía el camino exacto para llegar a la torre, y le había entregado un mapa al rey para que se guiara y lo memorizara, el cual sería destruido después. A los trabajadores les había sido encargada la construcción por secciones y ninguno tuvo acceso a la totalidad de los planos para que no conocieran la obra por completo.

Llegaron a la torre, la cual no tenía ninguna ventana, tan solo una gran y pesada puerta que se encontraba cerrada. El rey sacó su llave y dio vuelta a la cerradura; a la reina le había sido entregada una llave idéntica, la cual había colgado en el collar que llevaba puesto. Subieron las largas escaleras de caracol, hasta llegar a la parte más alta, encontrando un cuarto pequeño con una única mesa al centro.

-Nunca dejes tu llave, llévala siempre contigo- dijo el rey a la monarca, mientras colocaba el reloj en la mesa, cuya arena corría pues se le había dado vuelta ya.

Al salir del laberinto un guardia esperaba ya, resguardando la entrada. El rey ordenó a su esposa que se adelantara al castillo para ser atendida.

-¿Han muerto?- preguntó el rey

-Todos y cada uno de ellos- contestó el guardia

-¿También el arquitecto?-inquirió el monarca

-Yo mismo lo he matado-

-Muy bien, ordenaste que todos los cuerpos fueran enterrados-

-Así es su alteza-

-Perfecto-

El Jaguar




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