Ese día caluroso me costó más que de
costumbre salir de casa. Fue el hambre atroz la que me impulsó a
saltar de una vez en busca de mi destino. Avancé sobre la avenida
atiborrada de puestos con legumbres, frutas y semillas; esquivando
camionetas, bicicletas y miradas desdeñosas. “Ahh” el mercado
de la Merced, un oasis para mí en esta ciudad repleta de mierda.
¡Pásele güerita, aquí laa tiendo!
¡Mire joven pura calidad, cuánto le
pongo!
Unos metros más adelante el aroma a
carne impregnaba las camisas de los hombres, las piernas de las
mujeres. Lenguas largas y blancuzcas se asomaban por entre las
mandíbulas de los cerdos. Cargadores llevaban sobre sus hombros los
muslos y lomos, reses descuartizadas que me hicieron salivar.
Seguí con mi andar hasta encontrarme
frente a un puesto que robó mi atención y me invitó a probar
suerte. El vendedor era un novato; lo delataba el nerviosismo de sus
manos al tratar de completar el kilo de bistec. Con los ojos saltones
y las manos temblorosas estaba ensimismado sin prestar atención a
nada más.
Su cliente, por otro lado, señora
regordeta como una sandía, volteaba insistente hacía la avenida
como si alguien la esperara, y se limpiaba el sudor de la papada y
se cambiaba de brazo la bolsa del mandado.
La adrenalina inundó mi cuerpo cuando
por fin me acerqué lo suficiente para tomar algo. Quizá el destino
me devolviera algo de lo mucho que me había quitado, quizá no le
importara a este nervioso vendedor que me llevara solo un poco de su
mercancía, quizá ese día llenaría la panza.
¡Ni lo intentes puto!
La amenaza sepultó mis deseos. Al
girar me topé con su mirada de asesino, sabía que si pudiera me
aniquilaría, Sus botas, su mandil, su cuerpo todo hedían a muerte.
Sabía que era hora de abandonar.
Con la cabeza gacha emprendí la huida
hacía el tiradero de basura. Cuántes veces había tomado la misma
ruta para encontrar algo de comer. Indignante, hasta para mí.
Dolorosa, dolorosa vida, dolorosa derrota, “mmm”, todavía podía
saborear aquel filete.
Mientras rebuscaba entre los escombros,
las palabras de mi madre endulzaron mi memoria y acariciaron mi
alma... “Sé fuerte” me decía, “La vida es una lucha
constante hijo mío” y me acariciaba para sentenciar “ Y si vas a
donde la carne, que sea cuando haya gente, jamás te acerques a la
Meche durante las noches, dicen que si te ven los humanos... ¡Te
hacen tacos!”.
Osomajtli
Osomajtli