La Escultura
Debo reconocer que la fama
que hoy tengo como una escultora “de las más propositivas de los últimos
tiempos” como se empeñan en decir algunas entrevistas que creen ser dueñas de
la única opinión válida en las artes, ha sido en buena parte gracias a la ayuda
de mi amiga Ximena.
Una tarde, después de ver
perder (por enésima vez) a la selección de futbol, mi amiga, quien era una
airada defensora del mediocre entrenador de ese tiempo, comenzó a hacer
corajes, el berrinche llegó a tanto que se arrancó un pedazo de carne, dijo que
ya no le servía y me lo dio. Cuando lo agarré no supe que hacer.
Lo primero que vino a mi
mente fue cocinarlo, preparé ollas y demás herramientas, pero no encontré
suficientes especias para darle el sabor que me gusta de la carne. Después lo
utilicé como lapicero, empecé por enterrarle la punta de mis plumas, pronto se
miraba como un erizo con todos los bolígrafos que tenía, sin embargo, cuando
quise volverlos a usar la tinta ya no bajaba, tuve que tirarlos todos y
encontrar un nuevo uso para el pedazo de carne.
La puerta de mi casa solía
cerrarse continuamente, mi madre ya estaba harta de que esto le pasara y decidí
que el pedazo de carne podía funcionar para detenerla, en efecto, funcionó
algunos días, pero al estar en el suelo comenzó a ensuciarse y una capa negra
apareció en toda la corteza, pensé que de no hacer algo se echaría a perder,
por eso cambié la carne por un pedazo de madera, lo lavé y noté que tenía un
olor a rancio, por lo que tuve que sumergirlo en cloro durante un par de días, la
carne cambó su color a blanco y en algunas partes amarillo, lo saqué
inmediatamente y me convencí que debía hacer algo con urgencia para ocuparlo.
Lo llevé a mi recámara en
donde lo ocupé como pisa papeles, un día en que estaba desesperada porque las
cuentas de la tarea no me salían tomé unas tijeras y las clavé en el pedazo de
carne, pude percatarme entonces que se empezaba a agrietar, tratando de saciar
mi curiosidad utilicé la punta de las tijeras para seguir marcando las grietas
que se habían formado. Víctima de un momento de iluminación dejé que las tijeras
guiaran mis manos, no recuerdo lo que sucedió después, fue como si estuviera
poseído por alguna fuerza metafísica. Cuando reaccioné, noté que había labrado
una escultura en forma de pato. Se la enseñé a mi madre y decidió que la
pondríamos en el centro de la sala, me dijo que además con el tiempo iría
tomando un color entre marrón y negro lo que le haría combinar con las paredes
y la decoración de la casa.
Mi talento se detonó en el
siguiente partido de la selección de futbol cuando Ximena vino a mi casa. Nos
habíamos preparado, fuimos a comprar la botana y algunas cervezas y nos
dispusimos a mirar el deporte que tanto nos apasionaba. Creí que el asunto del
pedazo de carne había quedado olvidado para ella, sin embargo, cuando nos
sentamos frente al televisor comenzó la discusión.
-¿Es el pedazo de carne que
te regalé?
-Sí, está padre ¿no?
-Me lo voy a llevar.
-No, tú me lo regalaste,
además me costó mucho trabajo hacer lo que hice con él.
-Pero la carne es mía y me
lo voy a llevar.
Al decir esto lo tomó, lo
levantó y se lo puso en el lugar de donde se lo había arrancado.
-Dámelo- le ordené- me lo
diste y lo que se regala ya no se devuelve.
-Pues no, ahora decidí que
sí lo necesito.
El partido comenzó y llamó
nuestra atención, decidimos sentarnos para verlo y pospusimos la discusión para
después. Llegó el medio tiempo y nuestro equipo, para variar, perdía de nuevo.
No dije más, ella revisó que el pedazo de carne se mantuviera en su lugar, cuando
se levantó la blusa que llevaba puesta noté que la escultura comenzaba a
reencarnar, lo cual me hizo enfurecer, pero a pesar de ello me guardé el enojo para
el final del partido.
Cuando ella se lamentaba por
la derrota, la tomé por la espalda y le clavé en la nuca las mismas tijeras que
había utilizado para esculpir. Ximena se desmayó. Yo estaba nublada de ira y lo
último que recuerdo es que arrastré su cuerpo hasta mi recámara y después perdí
la memoria.
Cuando volví en mí encontré que
todo estaba revuelto, mis manos estaban manchadas en sangre, sujetaba en ellas
una estopa como si fuera una artista profesional, con ellas me ayudé a quitarme
la sangre. Busqué por todas partes, pero no encontré rastros de Ximena, no
había nada que me dijera que estaba ahí por lo cual supuse que se había
marchado.
Salí del cuarto. Encontré a
mi madre, quien me abrazó y se veía contenta por mirarme de nuevo.
-¡Qué bueno que ya
despertaste! Necesito que me ayudes a terminar de acomodar unas cosas.
-¿Qué cosas?-le pregunté.
-Ya puse la mitad, pero ya
no encuentro espacio para acomodar el resto de figuritas que tenías en tu
cuarto. Te quedaron bonitas.
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