El Extraño caso de Eduardo
Eduardo era una persona con un gusto
inefable por la música, eran tanto el placer que sentía al escucharla que
pronto desarrolló el talento que lo llevó a la fama: era capaz de reconocer las
canciones que las gente escuchaba con sólo ver el movimiento de sus dedos o
pies al marcar el ritmo.
Cuando su peculiaridad se descubrió todo
vino en cascada: entrevistas para los noticiarios, reportajes de periodistas
incrédulos, invitaciones a programas de televisión especializados en mostrar
“gente rara”, un grupo oportunista que tocaba cumbias oportunista que le inventó una canción
(está de más decir que hubo un momento en que todos ponían a prueba su
capacidad con esa canción) y hasta un intento fallido de un documental fueron
algunos de los casos que llevaron a Eduardo a la fama.
Como su amigo, era genial verlo disfrutar
de lo que hacía, veía a alguien mover las manos y en seguida nombraba la
canción y el artista, cuando una canción tenía más de una versión te platicaba
toda la historia y cómo había sido que uno u otro personaje se habían animado a
grabarla o si la canción había sido una rareza que sólo tocaron en un
concierto.
Pero cuando alguien tiene un talento así
no puede explotarlo sin que algo salga mal, o peor aún sin crearse alrededor de
sí envidias y enemigos y el caso de Eduardo no fue la excepción. Me atrevo a
decir que fue una conspiración que buscaba verlo acabado, que buscaba terminar
con su fama y no descansaron hasta lograrlo.
Su madre recuerda, entre sollozos y lágrimas
lo que vivió a su lado la última vez que estuvo cerca de él, cuando era él. El
auto que había comprado después de todo el dinero que le llovió con la fama
extrañamente se había averiado días atrás, lo habían invitado a un programa en
la radio en donde daría una entrevista y pondrían a prueba, por enésima vez, su
capacidad para adivinar canciones, el uso del transporte público era inminente.
Han habido testimonios que indican que la descompostura del carro fue
intencional. El mecánico encargado de repararlo diría después que parecía que
alguien hubiera cortado las mangueras del motor.
El relato de su madre confiesa que aquella
mañana Eduardo se había levantado con resaca, pues había celebrado el
cumpleaños de su hermana la noche anterior. Sin embargo, siempre puntual a sus
compromisos se alistó y salió con suficiente tiempo hacia su destino, la madre
no hizo más que darle la bendición, desearle que todo saliera de la mejor
manera y le hizo la promesa de que lo escucharía. Se despidieron y esa fue la
última vez que escuchó su voz.
Un par de testigos han dicho que al
mirarlo no les sorprendió verlo tan entusiasmado pues siempre que iba a alguna
entrevista se emocionaba, no importaba si era la primera o la quinta o
sexta vez que lo hacía, lo vieron hacer
la parada a un microbús que llevaba tiempo parado en la esquina y que avanzó
cuando Eduardo asomó por la esquina.
La gente de la radiodifusora platica que
al momento de llegar se le veía raro, la recepcionista confesó alguna vez que
su color pálido daba la impresión de que era víctima de algún problema
estomacal, como si hubiera estado vomitando, lo invitó a sentarse y se mantuvo
quieto. Con la investigación apareció un testimonio que aseguraba que
atribuyeron la seriedad de Eduardo a un ritual de concentración, por lo que a
nadie le pareció raro que no dijera una sola palabra.
Cuando comenzó la entrevista según cuenta
el locutor, la mirada de Eduardo estaba fija, como perdida, sin reacción, daba
la impresión de que escuchaba, pero nunca contestó, trataron de hacer el
ejercicio de adivinación un par de veces, pero no hubo respuesta, fue en ese
instante cuando intuyeron que algo estaba mal. Interrumpieron la transmisión y
buscaron al médico de la estación, quien acababa de salir de urgencia a
revisarse por unos retortijones que lo sorprendieron en medio de la ociosidad
que reinaba en su consultorio.
No hubo más. La noticia de que algo le
había sucedido a Eduardo se extendió como fuego devorando un bosque. Su madre,
que seguía atenta el programa, supo que algo estaba mal con su hijo. Una
ambulancia se encargó de llevarlo a un hospital donde el único diagnóstico era
que su cerebro había enfrentado algo similar a la descomposición de un switch en la instalación eléctrica de
una casa, las probabilidades de hacerlo volver eran mínimas. La única solución
posible era encerrarlo en un hospital psiquiátrico y esperar a que su cerebro
reaccionara. El desenlace lo conoce todo el mundo, la salud de Eduardo se fue
deteriorando hasta que la inanición provocada por lo que los doctores
diagnosticaron como una “huelga de hambre voluntaria”, le puso fin a su vida.
No hubo averiguaciones, para muchos
doctores lo que le había sucedido se explicaba como un déficit normal en la
mente de un genio, siempre algunas de las personas más talentosas terminan con
problemas psicológicos, citaron incluso películas que podían ilustrar la
situación, no se habló más del caso, todo indicaba a que algo había sucedido en
el trayecto a la estación de radio, si todo fue derivado de una conspiración habría
que atar los cabos.
En alguna visita que le hice, cuando
apenas tenía algunos días de haber sido diagnosticado, me vio y su rostro dio
muestras de haberme reconocido, me sonrió y acto seguido volteó hacia la pared,
como si escondiera algo. Noté que agachó la cabeza y en un intento por darle
ánimos corrí a su lado. Me miró desconcertado, como si se hubiera olvidado que
me había visto entrar. Después su cara comenzó a cubrirse con algunas lágrimas,
se acercó a mí, me tomo la mano, la apretó tan fuerte que tuve que empujarlo
para que me soltara. Siguió llorando, intentó abrazarme pero lo esquivé, tuve
miedo que en ese abrazo intentara asfixiarme. Al ver mi rechazo comenzó a
gritar, como si estuviera haciendo algún berrinche, aún con miedo me acerqué a
su lado y me dejé abrazar lo hizo tan fuerte que por más que forcejeé con él no
pude zafarme, el aire comenzaba a desesperarme, no sabía si pedir ayuda o
hablarle para que me reconociera, fue justo en ese momento cuando me llevé una
sorpresa, después de tanto tiempo Eduardo decidió romper en mi oído su voto de
silencio, mi preocupación se transformó en sorpresa y después me uní a su
llanto cuando lo escuché, acepto que no fue un gran discurso, de hecho
pronunció una sola palabra, una sola palabra que retumbó en mi cabeza
desestabilizándome, fue tremendamente contundente: Reggaetón.
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