jueves, 2 de julio de 2015

Con Piedritas y Terrones

El Extraño caso de Eduardo

Eduardo era una persona con un gusto inefable por la música, eran tanto el placer que sentía al escucharla que pronto desarrolló el talento que lo llevó a la fama: era capaz de reconocer las canciones que las gente escuchaba con sólo ver el movimiento de sus dedos o pies al marcar el ritmo.

Cuando su peculiaridad se descubrió todo vino en cascada: entrevistas para los noticiarios, reportajes de periodistas incrédulos, invitaciones a programas de televisión especializados en mostrar “gente rara”, un grupo oportunista que tocaba  cumbias oportunista que le inventó una canción (está de más decir que hubo un momento en que todos ponían a prueba su capacidad con esa canción) y hasta un intento fallido de un documental fueron algunos de los casos que llevaron a Eduardo a la fama.

Como su amigo, era genial verlo disfrutar de lo que hacía, veía a alguien mover las manos y en seguida nombraba la canción y el artista, cuando una canción tenía más de una versión te platicaba toda la historia y cómo había sido que uno u otro personaje se habían animado a grabarla o si la canción había sido una rareza que sólo tocaron en un concierto.

Pero cuando alguien tiene un talento así no puede explotarlo sin que algo salga mal, o peor aún sin crearse alrededor de sí envidias y enemigos y el caso de Eduardo no fue la excepción. Me atrevo a decir que fue una conspiración que buscaba verlo acabado, que buscaba terminar con su fama y no descansaron hasta lograrlo.

Su madre recuerda, entre sollozos y lágrimas lo que vivió a su lado la última vez que estuvo cerca de él, cuando era él. El auto que había comprado después de todo el dinero que le llovió con la fama extrañamente se había averiado días atrás, lo habían invitado a un programa en la radio en donde daría una entrevista y pondrían a prueba, por enésima vez, su capacidad para adivinar canciones, el uso del transporte público era inminente. Han habido testimonios que indican que la descompostura del carro fue intencional. El mecánico encargado de repararlo diría después que parecía que alguien hubiera cortado las mangueras del motor.

El relato de su madre confiesa que aquella mañana Eduardo se había levantado con resaca, pues había celebrado el cumpleaños de su hermana la noche anterior. Sin embargo, siempre puntual a sus compromisos se alistó y salió con suficiente tiempo hacia su destino, la madre no hizo más que darle la bendición, desearle que todo saliera de la mejor manera y le hizo la promesa de que lo escucharía. Se despidieron y esa fue la última vez que escuchó su voz.

Un par de testigos han dicho que al mirarlo no les sorprendió verlo tan entusiasmado pues siempre que iba a alguna entrevista se emocionaba, no importaba si era la primera o la quinta o sexta  vez que lo hacía, lo vieron hacer la parada a un microbús que llevaba tiempo parado en la esquina y que avanzó cuando Eduardo asomó por la esquina.

La gente de la radiodifusora platica que al momento de llegar se le veía raro, la recepcionista confesó alguna vez que su color pálido daba la impresión de que era víctima de algún problema estomacal, como si hubiera estado vomitando, lo invitó a sentarse y se mantuvo quieto. Con la investigación apareció un testimonio que aseguraba que atribuyeron la seriedad de Eduardo a un ritual de concentración, por lo que a nadie le pareció raro que no dijera una sola palabra.

Cuando comenzó la entrevista según cuenta el locutor, la mirada de Eduardo estaba fija, como perdida, sin reacción, daba la impresión de que escuchaba, pero nunca contestó, trataron de hacer el ejercicio de adivinación un par de veces, pero no hubo respuesta, fue en ese instante cuando intuyeron que algo estaba mal. Interrumpieron la transmisión y buscaron al médico de la estación, quien acababa de salir de urgencia a revisarse por unos retortijones que lo sorprendieron en medio de la ociosidad que reinaba en su consultorio.

No hubo más. La noticia de que algo le había sucedido a Eduardo se extendió como fuego devorando un bosque. Su madre, que seguía atenta el programa, supo que algo estaba mal con su hijo. Una ambulancia se encargó de llevarlo a un hospital donde el único diagnóstico era que su cerebro había enfrentado algo similar a la descomposición de un switch en la instalación eléctrica de una casa, las probabilidades de hacerlo volver eran mínimas. La única solución posible era encerrarlo en un hospital psiquiátrico y esperar a que su cerebro reaccionara. El desenlace lo conoce todo el mundo, la salud de Eduardo se fue deteriorando hasta que la inanición provocada por lo que los doctores diagnosticaron como una “huelga de hambre voluntaria”, le puso fin a su vida.

No hubo averiguaciones, para muchos doctores lo que le había sucedido se explicaba como un déficit normal en la mente de un genio, siempre algunas de las personas más talentosas terminan con problemas psicológicos, citaron incluso películas que podían ilustrar la situación, no se habló más del caso, todo indicaba a que algo había sucedido en el trayecto a la estación de radio, si todo fue derivado de una conspiración habría que atar los cabos.

En alguna visita que le hice, cuando apenas tenía algunos días de haber sido diagnosticado, me vio y su rostro dio muestras de haberme reconocido, me sonrió y acto seguido volteó hacia la pared, como si escondiera algo. Noté que agachó la cabeza y en un intento por darle ánimos corrí a su lado. Me miró desconcertado, como si se hubiera olvidado que me había visto entrar. Después su cara comenzó a cubrirse con algunas lágrimas, se acercó a mí, me tomo la mano, la apretó tan fuerte que tuve que empujarlo para que me soltara. Siguió llorando, intentó abrazarme pero lo esquivé, tuve miedo que en ese abrazo intentara asfixiarme. Al ver mi rechazo comenzó a gritar, como si estuviera haciendo algún berrinche, aún con miedo me acerqué a su lado y me dejé abrazar lo hizo tan fuerte que por más que forcejeé con él no pude zafarme, el aire comenzaba a desesperarme, no sabía si pedir ayuda o hablarle para que me reconociera, fue justo en ese momento cuando me llevé una sorpresa, después de tanto tiempo Eduardo decidió romper en mi oído su voto de silencio, mi preocupación se transformó en sorpresa y después me uní a su llanto cuando lo escuché, acepto que no fue un gran discurso, de hecho pronunció una sola palabra, una sola palabra que retumbó en mi cabeza desestabilizándome, fue tremendamente contundente: Reggaetón.

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