miércoles, 24 de abril de 2013

Con Piedritas y Terrones

Déjenme en paz

Hoy no quiero levantarme, prefiero dormir, quedarme impávido en la oscuridad de este lugar gozando del placer del descanso, el único placer del que me han enseñado a no avergonzarme.

No me interesa si allá afuera el sol brilla con la misma intensidad de ayer, he visto tantos amaneceres que mi memoria puede ya burlarse de la naturaleza, siempre igual, tan predecible.

Tampoco me importa saber si el futuro del mundo juega en el parque, o si aquellos que tienen un poco de poder, decidieron por fin acabar con la vida de sus semejantes, que por pensar distinto, o tal vez sólo por pensar, se han convertido en sus enemigos, no hoy no estoy para esos cuentos.

¿Acaso no se dan cuenta que necesito dormir con urgencia? No sé cuántos días tardaré en quitarme las ojeras que laceran mis párpados, o colorear de nuevo esta piel pálida que roe mis mejillas, y a decir verdad, ya no es menester entre mis prioridades, tanto tiempo he ambicionado belleza sin poder complacer a nadie; hoy, ya no tengo vanidad, lo único que me parece bello es la eternidad de los sueños y me entrego a sus brazos sin oponer resistencia.

No quiero que me molesten, no agiten mi cuerpo si no me muevo, estaré jugando con mis fantasmas, mis fantasías y mis tragedias, ya no más, no quiero más de este hastío.

Hoy sólo quiero descansar… descansar… descansar… descansar… eternamente.
Costas

domingo, 21 de abril de 2013

De quien nunca escucha razones



Estaba temblando de rabia. De la sala sus pasos, de un lado al otro. Sostenía con fuerza el teléfono celular, leía el mensaje de nuevo: “Claudita, mi niña, sabes que te amo, que siempre te he amado Att. Raúl". (¡Hijo de perra! ¿Por qué a mi? y pensar en todas esas noches y días, y palabras melosas que le entregué ¡pero qué pendejo soy, es... es una puta!)
De la cerradura emergió un sonido de muerte. La madera de tan vieja crujía. Una voz llenó la casa, ¡ya llegué! (era un eco familiar). Claudia prendió la luz de la sala, al tiempo, dejaba sobre la silla su bolso y encendió el televisor. Miguel se había sentado, la miraba con ojos profundos, se inclinaba para esparcir cenizas sobre la meza de centro. 
“¿Cómo te fue?” preguntó “olvidaste tu celular” y los labios le temblaban, apretó los puños, esperaba una respuesta sincera. Claudía se quitaba las botas negras de piel genuina, tragó saliva, parecía inquieta. 

“Qué aroma maravilloso” pensó Miguel, adoraba sus sus piernas, adoraba su figura. La imaginó desnuda y sensual sobre la cama; el ceño se le retorcía frenética, loca y desesperadamente ¡quisiera alcanzar su cuello de un salto! golpear su cabeza contra las paredes, arrancarle la ropa, asfixiarla de una vez de tanto amor y resentimiento!  sintió un calor extraño sobre la nuca...

Miguel jadeaba, sobre la cama matrimonial; el cuerpo de Claudia,  violado, no se movía más, no hablaba, no caminaba más, no esparcía más su perfume por el resto de la casa. De la rubia cabellera quedaba solamente una masa tosca y repugnante ¡hedía allí adentro! 

Miguel  salió deprisa, con el pánico de la culpa apretando sus piernas. La noche que lo cubría todo lo vio subir las escaleras del puente en la avenida ocho. Lo observó  Levantar su cuerpo sobre la pequeña reja y  Saltó. Las calles amanecerían ensangrentadas, manchadas por una maraña de tripas y sesos. 

Esa misma noche la madre de Claudia hablaba por teléfono con un hombre, colgó y comenzó a llorar. “Qué pasa” preguntó tiernamente su hijo mayor “Es el puto de tu papá... se desaparece por tanto tiempo y ahora me dice que me ama y no se qué chingaderas...  dice que ha estado mandando mensajes a claudita y no contesta, que cómo está y de más. Ustedes si quieren hablen con él, pero por mi que se muera”.


Osomaktli Gutiérrez

martes, 16 de abril de 2013

Con Piedritas y Terrones

El paso del tiempo


El reloj caminaba, no no caminaba, movía las manecillas de la manera más lenta que Ulises recordaba en los últimos cinco años, a decir verdad,  tenía seis de haber aprendido a leer la hora en el reloj, su abuelo lo había enseñado poco antes de morir, desde entonces se había obsesionado con la cuenta el tiempo.

A sus diez años, ya había hecho una estadística sobre cuánto tiempo tardaba cada integrante de la familia en el baño, había superado su marca para bajar las escaleras del patio (cuando impuso el récord se tiró dos dientes y se rompió una costilla), tenía medido el tiempo que tardaba su mamá en abrir la puerta después de que alguien tocaba el timbre y tenía hasta la cuenta de las veces que su papá repetía su muletilla preferida (sí cabrón) en un minuto.

Pero aquella mañana todo parecía al revés, tenía la sensación de que los segundos eran eternos. “¿Por qué el tiempo siempre pasa lento cuando necesitas desaparecer?” Y es que antes de entrar a clases, Ximena,  la niña que siempre le había gustado, le había dicho que jamás saldría con alguien como él: “chaparro, gordo y lo peor de todo, usas lentes, cuatrojos”

Sus compañeros habían escuchado aquello, cada vez que podían se llevaban las manos a la cara para recordarle sus lentes, necesitaba salir, ir lejos del salón y refugiarse en el rincón más lejano del patio trasero, donde había encontrado el capullo de oruga, con el que platicaba cuando nadie quería jugar con él.

De pronto, un milagro, la campana de la escuela sonó diez minutos antes de la hora de la salida. Ulises tomó sus cosas sin escuchar a la maestra que les decía la tarea para el día siguiente, pensaba que era lo mejor que le había podido pasar. Llegó a casa a la hora que siempre marcaba su reloj: las dos en punto, lo último que necesitaba era que alguien lo regañara, pero su madre lo hizo.

Esa tarde Ulises aprendió que de vez en cuando y sólo a veces, tenía que cambiar la pila de su reloj.

Costas