El reloj caminaba, no no caminaba, movía las manecillas de
la manera más lenta que Ulises recordaba en los últimos cinco años, a decir
verdad, tenía seis de haber aprendido a
leer la hora en el reloj, su abuelo lo había enseñado poco antes de morir, desde
entonces se había obsesionado con la cuenta el tiempo.
A sus diez años, ya había hecho una estadística sobre cuánto
tiempo tardaba cada integrante de la familia en el baño, había superado su
marca para bajar las escaleras del patio (cuando impuso el récord se tiró dos
dientes y se rompió una costilla), tenía medido el tiempo que tardaba su mamá
en abrir la puerta después de que alguien tocaba el timbre y tenía hasta la
cuenta de las veces que su papá repetía su muletilla preferida (sí cabrón) en
un minuto.
Pero aquella mañana todo parecía al revés, tenía la sensación
de que los segundos eran eternos. “¿Por qué el tiempo siempre pasa lento cuando
necesitas desaparecer?” Y es que antes de entrar a clases, Ximena, la niña que siempre le había gustado, le
había dicho que jamás saldría con alguien como él: “chaparro, gordo y lo peor
de todo, usas lentes, cuatrojos”
Sus compañeros habían escuchado aquello, cada vez que podían
se llevaban las manos a la cara para recordarle sus lentes, necesitaba salir,
ir lejos del salón y refugiarse en el rincón más lejano del patio trasero,
donde había encontrado el capullo de oruga, con el que platicaba cuando nadie
quería jugar con él.
De pronto, un milagro, la campana de la escuela sonó diez
minutos antes de la hora de la salida. Ulises tomó sus cosas sin escuchar a la
maestra que les decía la tarea para el día siguiente, pensaba que era lo mejor
que le había podido pasar. Llegó a casa a la hora que siempre marcaba su reloj: las dos en punto, lo último que
necesitaba era que alguien lo regañara, pero su madre lo hizo.
Esa tarde Ulises aprendió que de vez en cuando y sólo a
veces, tenía que cambiar la pila de su reloj.
Costas
Me recuerda los tiempos de la niñez donde todo por pequeño que sea parece súper importante, es genial!!!
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