Miraba a través de la ventana, desorientado, incompleto.
Cada vez que se asomaba a ella buscaba los puntos que había visto en el cielo y
que se habían materializado en unos pequeños seres de dientes afilados, ojos gigantes, tentáculos en lugar de manos y barba blanca manchada de sangre. Quien los
hubiera visto habría pensado que eran duendes, de aquellos que esconden sus
tesoros al final del arco iris. Él sabía que eran seres que venían por él. O al
menos eso fue lo que le dijeron con la mente.
Miraba a través de la ventana, pero era evidente que esa
mirada estaba vacía, como si las pupilas le hubieran reventado y de esa
explosión un gris ceniciento hubiera nacido y ocupado su lugar. Sus ojos, vale decirlo,
eran difusos, perdidos.
Miraba a través de la ventana esperando el regreso de esas
pequeñas figuras que le habían prometido, telepáticamente, que regresarían en cualquier
momento a atacar a la Tierra. De hecho, ese cuento era el culpable de
tenerlo en aquel lugar, en donde la única ventana existente era aquella por donde se asomaba y de la cual se había adueñado después de someter, a mordidas, a un Michael Jordan moreno.
Miraba a través de la ventana el día en que unos puntos aparecieron
en el cielo, pronto se multiplicaron, en poco tiempo taparon los rayos del sol. Ensombrecieron el lugar y en caída libre, simulando una lluvia de Magritte, unos pequeños seres comenzaron
a invadir la Tierra, tal como se lo habían prometido.
Miraba a través de la ventana cuando vio que uno de aquellos seres despedazaba con las
mandíbulas el brazo de una desafortunada dama que intentaba huir. El brazo, por
cierto, aún palpitaba y guardaba una leve coloración rojiza, haciéndole agua la
boca al espectador que tranquilo miraba la destrucción de la humanidad.
Miraba a través de la ventana, cuando lentamente una barba
blanca, como la de los seres invasores, comenzaba a adueñarse de su rostro, sintió que la barba tocaba el suelo y se dio cuenta entonces que se había encogido, un tentáculo aparecía en su brazo derecho, como la cola de una lagartija cuando renace.
Miraba a través de la ventana cuando una de las criaturas se
acercó hasta ahí, con los dientes afilados le sonrió, puso un tentáculo en el
vidrio y le enseñó un pedazo de pierna que llevaba en el otro, supo entonces
que era el momento en que debía comenzar a actuar.
Sin perder más tiempo se dirigió al Michael Jordan
moreno, lo tomó por el cabello y lo arrastró por toda la sala, un par de
enfermeros corrió para detenerlo, los miró desafiante, les enseñó los dientes y
se abalanzó sobre ellos, mordió primero a uno y le arrancó un pedazo de la piel
de la mejilla, el otro intentó correr pero chocó con un paciente y ambos cayeron,
la pequeña criatura se acercó al enfermero correlón y le mordió un pie, lo
arrancó del cuerpo y chupó todos los huesos para no dejar ni un pedazo de
carne. Tiró los huesos, menos uno, con ese se dirigió al paciente que había servido para detener al enfermero, quien lo miraba extasiado. Le clavó el hueso en el ojo y se lo
sacó. Lo comió. Michael Jordan moreno lo miraba, lo único que le interesaba era
poder jugar a los bolos.
La criatura caminó, se acercó a Michael Jordan moreno y con
una voz que parecían chillidos le dijo: “la próxima vez que vengamos tú vendrás con nosotros. Cuando salgamos de aquí te dirigirás al
lugar donde quieras que ataquemos y nos esperarás, no debes despegar la mirada
del cielo. Si llegamos y tú no estás atento, acabarás como estos”. Con el tentáculo le señaló a los que estaban tirados. Después tomó su mano y comenzó
a besarlo. El Michael Jordan moreno sintió cómo algo en él se despegaba de su
cuerpo, no volvió a ser el mismo. La criatura tomó la pierna de un enfermero y la guardó "para el camino" explicó, salió junto a Michael Jordan moreno. Se separaron, uno se fugó con sus
compañeros por la ruta celeste, el otro se fue caminando, con las pupilas
difuminadas, de andar tranquilo y mirando en todo momento hacia el cielo.
Costas

