martes, 13 de octubre de 2015

Nuestro caso de hoy: “Los españoles me vinieron a conquistar”


Es verdad que el Día de la Raza es oficialmente la celebración del “descubrimiento” de América por parte de Cristóbal Colón un 12 de octubre de 1492, o al menos, es el discurso oficial que se maneja aún por parte de la educación básica en México… si usted no acabó la primaria entendería que aún se sintiera mancillado por esta visión eurocentrista y suelte simplezas como “no hay nada que celebrar, nos vinieron a saquear”, pero si por otra parte, tuvo, digamos… al menos el acceso a una educación media deberá entender que el 12 de octubre es más que una fecha para sentirse victimas muy al estilo “cosas de la vida” (ódieme por mi referente cultural) y es, por el contrario, una fecha para celebrar sí, el encuentro de dos mundos.


Posmo Bites

Es este mismo encuentro de dos mundos que originó el México que conocemos hoy, que nos unió como nación bajo una misma bandera y una misma lengua -muy europea y muy hermosa-, este encuentro nos dio nombres y apellidos europeos que hoy curiosamente son muy mexicanos como “Juan” o “Guadalupe”, es decir, nos otorgó una nueva cultura cosificada en algo tan divino que concebimos como México y que a veces tratamos de defender ignorando sus matices, decantándonos hasta  extremos etnocentristas e intolerantes.


Antes de la llegada de los europeos a la América Septentrional, como alguna vez se le llamó a lo que hoy es México, nuestro cuerno de la abundancia era un crisol de varias naciones, cada una con su propia cultura, idioma y tradiciones, que eran reguladas y hasta borradas por los caprichos de un imperio que se extendía desde Sinaloa hasta Nicaragua: el Azteca.

Los europeos y en específico los españoles fueron un pretexto coyuntural y circunstancial  perfecto para que los otros pueblos indígenas, como los Tlaxcaltecas,  se unieran en contra de los siempre terribles Aztecas.


Ya lo dice el gran Luis González de Alba en su texto “Las mentiras de mis maestros”  es muy ingenuo pensar que los 500, 1000 o los que sean hombres que pudo traer consigo Hernán Cortés en su barco fueran suficientes para derrotar el ejército de una Tenochtitlan que era 3 veces mayor a la más grande urbe de España por aquellos años.


Y así como se dice ahora, puedo apostar que se dijo en aquellos años: “esta tierra necesita un cambio” y los Aztecas vieron morir su dominio en un saqueo violento que fue efectivo no sólo por Cortés y sus hombres sino por los incómodos vecinos de la meseta del Anáhuac.

El encuentro de dos mundos nos regaló la gracia de cobijarnos como uno solo y nos dio suficientes elementos para considerar como “el otro” a unos peninsulares que eran minoría y venían de mucho más lejos y desde cualquier ángulo se antojaban más ajenos a una tierra enorme y llena de hijos de indígenas y europeos, los mestizos.

Y aunque no es lo mismo, es igual; la opresión fue el viejo nuevo detonante para expulsar a los Europeos que hicieron de México, México y de la virgen de Guadalupe española una mestiza que es la madre de todos nosotros (sic).

Enrollarnos en huipil y salir a ofrecer falsos discursos de una mexicanidad sin europeos  es un sinsentido, así como lo es hablar de una sin indígenas. En este país los mestizos somos mayoría, unos más blanquitos y otros más morenitos, así salen las mezclas pues, pero como buenos hijos de este México real somos los responsables de un discurso conciliador del cual hemos nacido todos y es parte de un México de cara a las nuevas necesidades del mundo.  

Las ambivalencias mediáticas mexicanas como Lila Downs o las putiedecanes rubias de Televisa, demuestra más de lo evidente: que los maniqueos son malos y contraproducentes; y que un verdadero camino al desarrollo social es una interculturalidad que se nutra de las similitudes en las diferencias. 
¿Y cómo dar el primer paso a ese camino? Bueno, no jugando a ser víctimas en un show quasitelevisivo es un buen inicio; los victimarios no son los españoles que “nos cambiaron oro por espejos”   sino nosotros mismos y nuestra eterna comodidad en el discurso de los derrotados.

@PabloReylar




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