En busca de un enemigo
Cuando llegas a cierta edad, conforme vas perdiendo responsabilidades y tus ocupaciones te van jubilando, necesitas buscarte un enemigo para poder tener la vitalidad de cuando era joven. O al menos esa es la conclusión que saqué después de ver el comportamiento de la gente mayor.
I
Ejemplos hay de sobra, un señor se pelea con los perros que no lo dejan disfrutar del sol, agarrar una vara y los ahuyenta pero le echan montón y se ponen a ladrarle, asustado toma la vara como si fuera un rifle y empieza a disparar golpes de izquierda a derecha y de regreso, una, dos veces, los perros se callan, asustados se van y el viejo se vuelve a recargar en el asiento, al poco tiempo los perros regresan para ofrecer una nueva sinfonía de ladridos (nota mental: dicen que los perros pueden percibir la muerte, ¿será que por eso le ladran?).
II
Un abuelo ha tomado como pasatiempo pelear con sus nietos de cinco y cuatro años. A ellos les encanta ver las caricaturas, a él no. A él le gusta ver el futbol aunque se quede dormido al medio tiempo, a ellos no. Cuando ellos escuchan música, el abuelo hace rabietas pues el escándalo es insoportable, "a nadie le interesan los taxis" dice. Cuando el abuelo quiere escuchar boleros los niños salen gritando porque les parece muy aburrido. Y así se pasan la vida peleando y discutiendo por no alcanzar a comprender que pertenecen a dos generaciones distintas, quizá muy distintas. (Dato curioso sobre el autor: prefiere los boleritos de los tríos o de Agustín Lara, que al tipo con nombre de raza de perro).
III
Una señora con problemas para dormir debido a unas "comezones", provocadas por quién sabe qué, encuentra en las hormigas a su enemigo ideal. El problema empezó cuando vio a una en la sala y no le quiso hacerle caso. Ahora las ve por todos lados, desde el primer momento en que pone un pie en el piso la encuentra bajo su cama después, por toda la casa.
Como si haber crecido en los tiempo de la Segunda Guerra Mundial (que es diferente a haber peleado en ella) le diera suficiente experiencia marcial comienza a diseñar un plan para evitar la avanzada del enemigo. Todos los días se levanta a limpiar el suelo por donde va encontrando hormiguitas, se entretiene atropellándolas con una jerga o haciéndolas bolita con las cerdas de la escoba.
Cuando se ha dado cuenta es casi el mediodía, prepara algo de desayunar y sin perder tiempo se pone a lavar los platos, recoge todo resto de comida que pueda convertirse en víctima de las hormigas. Sale al mercado a comprar algunas verduras para comer más tarde y a su regreso se encuentra con que el enemigo ha contraatacado y se dirige en fila, como soldados bien entrenados, hasta su cuartel de operaciones: la cocina (¿por qué para toda mujer la cocina debe ser el cuartel general? Se preguntarán los feministas, tampoco yo lo sé, yo sólo describo el accionar de la anciana).
Sin perder tiempo vigila las vías de escape que pudiera tener aquel pelotón, y pone en marcha la fase dos del plan de emergencia: rociar insecticida en la puerta de entrada a la cocina, sabe que puede ser peligroso echarlo dentro de ella, así que mientras espera que el químico surta efecto va por una escoba para atacar a los sobrevivientes. Las hormigas, por su parte, sufren como si fueran víctimas de un bombardeo atómico, caen en oleada, una tras otras, tras otra y tras otra,hasta parecen piezas de dominó, las que venían en la retaguardia comienzan la retirada. Y la mujer que mira la escena con orgullo, las alcanza y las aplasta, a lo lejos algunas hormigas que permaneces escondidas y que fungían como vigilantes se buscan para reagruparse.
La mujer nunca se ha puesto a investigar de dónde vienen, sólo se sienta a esperarlas con una lata del químico mata-insectos en la mano, una jerga, un matamoscas que goza azotando al suelo o con sus manos. Cuando se aproxima la caída del día, comienza a levantar cada una de las cosas que quiere mantener lejos del alcance de las hormigas, sabe que mientras duerme, pueden aprovecharse y llevarse un buen bocado de su comida, (o pienso yo, quizá las comezones que siente al dormir, son producto de algún enemigo que busca debilitar al oponente a base de mordidas) (la referencia a Quiroga fue involuntaria, lo juro).
Costas
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