martes, 13 de octubre de 2015

Tardes de otoño

Ella llegó media hora después de lo acordado. Llevaba su largo cabello negro suelto, el cual era jugueteado por el viento otoñal, vestía jeans y una blusa blanca, y llevaba la cara lavada. La veía más hermosa que nunca, quizá porque hacía dos semanas que no hablaban. Caminaba lentamente hacia él, con paso seguro y una expresión dubitativa dibujada en su cara, como si no estuviese segura o convencida de haber aceptado reunirse con él.

Llevaba un ramo de astromelias en la mano, había pasado a comprarlas en camino a encontrarse con ella. Sus manos temblaban, trataba de parar el movimiento de las mismas pero era inútil. Podía oler su perfume a la distancia, mientras la observaba más cercana con cada uno de los pasos que daba hacía él.  Pasó la mano por su barba  asegurándose de estar perfectamente afeitado, un pequeño gesto hacia ella quien adoraba como se veía su rostro sin barba.

Se levantó de la banca en la que se encontraba sentado, quedando frente a ella, sus rostros se acercaron peligrosamente, mas no se besaron; terminaron por darse un incómodo abrazo. Ella recibió las flores, sonriendo por el detalle del que era merecedora. Él la tomó de la mano y comenzaron a caminar por el parque. Es cierto, era una artimaña bastante obvia el haberla citado en el lugar donde se conocieron, pero era el último recurso de un hombre desesperadamente enamorado.

Su mano aún era tan cálida como la recordaba, con las palmas ásperas debido a su trabajo como carpintero, y enormes dedos que podrían haber sido los de un pianista de haber tenido la fortuna de provenir de una familia interesada en las artes. Llevaba el abrigo que ella le había regalado la navidad pasada, lo hacía lucir incluso más apuesto, le daba un aire de sofisticación a ese atractivo pero sencillo hombre.  Lo observaba fruncir el ceño mientras ambos continuaban en silencio; esperaba que el fuera el primero en hablar.

El viento soplaba cada vez más fuerte, era un viento frío que anunciaba que el invierno se encontraba ya cercano. Ella rechazó amablemente el abrigo cuando se lo ofreció, asegurando que el sueter que le había sido devuelto ese día era lo suficientemente cálido. De pronto él empezó a hablar, le pidió que reconsiderara las cosas, es cierto no sería fácil, pero si ambos ponían de su parte podrían lograrlo.

No lo vio llorar, solo lo observó tragar un poco de saliva, vio la luz de sus ojos apagarse, para después escuchar su voz quebrarse al decirle que aceptaba su decisión. Sintió como soltaba su mano y supo que era el final. Él se dio la media vuelta y comenzó a caminar, ella hizo lo mismo en dirección contraria. Estuvo tentada a correr hacia él, pero pensó que no era conveniente; aun así rogó al cielo que volviera y la abrazara, suplicándole que no lo dejara, pero eso no sucedió.


Se sentó en la misma banca, y encendió un cigarrillo. Se acomodó el cuello del abrigo, y exhaló el humo. Observó la fotografía detalladamente, sonreía pero podía notar la tristeza en su rostro, la conocía demasiado bien. Cerró la revista de sociales, en cuya portada se encontraba ella en vestido de novia junto a un importante empresario español. Quizá era tiempo de olvidarla.

El Jaguar

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