Ella llegó media hora después de
lo acordado. Llevaba su largo cabello negro suelto, el cual era jugueteado por
el viento otoñal, vestía jeans y una blusa blanca, y llevaba la cara lavada. La
veía más hermosa que nunca, quizá porque hacía dos semanas que no hablaban.
Caminaba lentamente hacia él, con paso seguro y una expresión dubitativa
dibujada en su cara, como si no estuviese segura o convencida de haber aceptado
reunirse con él.
Llevaba un ramo de astromelias en
la mano, había pasado a comprarlas en camino a encontrarse con ella. Sus manos
temblaban, trataba de parar el movimiento de las mismas pero era inútil. Podía
oler su perfume a la distancia, mientras la observaba más cercana con cada uno
de los pasos que daba hacía él. Pasó la
mano por su barba asegurándose de estar
perfectamente afeitado, un pequeño gesto hacia ella quien adoraba como se veía
su rostro sin barba.
Se levantó de la banca en la que
se encontraba sentado, quedando frente a ella, sus rostros se acercaron
peligrosamente, mas no se besaron; terminaron por darse un incómodo abrazo.
Ella recibió las flores, sonriendo por el detalle del que era merecedora. Él la
tomó de la mano y comenzaron a caminar por el parque. Es cierto, era una
artimaña bastante obvia el haberla citado en el lugar donde se conocieron, pero
era el último recurso de un hombre desesperadamente enamorado.
Su mano aún era tan cálida como
la recordaba, con las palmas ásperas debido a su trabajo como carpintero, y
enormes dedos que podrían haber sido los de un pianista de haber tenido la
fortuna de provenir de una familia interesada en las artes. Llevaba el abrigo
que ella le había regalado la navidad pasada, lo hacía lucir incluso más
apuesto, le daba un aire de sofisticación a ese atractivo pero sencillo
hombre. Lo observaba fruncir el ceño
mientras ambos continuaban en silencio; esperaba que el fuera el primero en
hablar.
El viento soplaba cada vez más
fuerte, era un viento frío que anunciaba que el invierno se encontraba ya
cercano. Ella rechazó amablemente el abrigo cuando se lo ofreció, asegurando
que el sueter que le había sido devuelto ese día era lo suficientemente cálido.
De pronto él empezó a hablar, le pidió que reconsiderara las cosas, es cierto
no sería fácil, pero si ambos ponían de su parte podrían lograrlo.
No lo vio llorar, solo lo observó
tragar un poco de saliva, vio la luz de sus ojos apagarse, para después escuchar
su voz quebrarse al decirle que aceptaba su decisión. Sintió como soltaba su
mano y supo que era el final. Él se dio la media vuelta y comenzó a caminar,
ella hizo lo mismo en dirección contraria. Estuvo tentada a correr hacia él,
pero pensó que no era conveniente; aun así rogó al cielo que volviera y la
abrazara, suplicándole que no lo dejara, pero eso no sucedió.
Se sentó en la misma banca, y
encendió un cigarrillo. Se acomodó el cuello del abrigo, y exhaló el humo.
Observó la fotografía detalladamente, sonreía pero podía notar la tristeza en
su rostro, la conocía demasiado bien. Cerró la revista de sociales, en cuya
portada se encontraba ella en vestido de novia junto a un importante empresario
español. Quizá era tiempo de olvidarla.
El Jaguar
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