Nachito
Las necesidades oprimen los sueños hasta matarlos de
asfixia, las calles desiertas evocan la soledad, la desesperanza; la oscuridad
de la madrugada sugiere que el sol ha olvidado su cita con el destino y sus
rayos se niegan a besar el suelo que pisa el somnoliento Nachito.
Las pueriles manos de Nachito ahuyentan, mecánicamente, las
lagañas enamoradas de sus ojos, las uñas llenas de tierra, controlan el caos
provocado por los piquetes de mosco que, como de costumbre, han cenado la
sangre que queda en sus venas, la que ha dejado el patrón, a quien espera para
comenzar el rito de nuevo, cargar cajas de fruta, para recibir algunas monedas
a cambio.
Nachito espera, como le ha recomendado su madre, bajo la luz
parpadeante del poste, pensando en el desayuno que comprará con el dinero que
aún no le han dado, el dinero que aún no sabe si le darán, extraña incansable
los días en que tenía que ir a la escuela, nunca le gustó, y hasta celebró la
noticia cuando su madre le dijo que tendría que trabajar porque no había dinero,
pero hoy, lo daría todo por regresar.
Un gato camina en la calle, lleva en el hocico una lata
vacía, se mueve despacio, elegante, atento a los movimientos de Nachito quien
hundido en sus recuerdos ni siquiera lo nota;
el gato tira la lata y el ruido saca a Nachito del trance, tras explorar
la calle con la mirada, alcanza a ver la cola del que le provocó el susto. Le
dan ganas de ir tras él, jugar un rato y alimentarlo, pero recuerda que para
poder comer, primero tiene que trabajar y se mantiene en pie, deteniendo el
poste.
De entre la oscuridad, una camioneta se acerca lentamente,
trae la batea llena de cajas repletas de fruta, un hombre mira a Nachito, con
un movimiento de cabeza le indica que suba, Nachito se hace espacio entre las
cajas y le indica al conductor que está listo dando un golpe a la ventana, el
motor de la camioneta ruge y comienza a moverse, Nachito desde su lugar, mira
cómo todo su mundo se va alejando, sus juegos, sus esperanzas y sus sueños
quedan atrás para encontrarse en la dirección opuesta con la inevitable cita de
todos los días: su realidad.
Costas.
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