jueves, 3 de diciembre de 2015

Con Piedritas y Terrones

¡Órale Cabrones!

I
Corría desmesuradamente. Llevaba el botín en una mano y con la otra trataba de detener una hemorragia que brotaba del estómago y le ahogaba una pierna. A sus espaldas se esparcía el canto de las sirenas que se empeñaban en ir tras él. "Debo ser como Odiseo" se dijo, "no puedo dejarme encantar por ellas".


      Bajó el ritmo de su carrera y giró la cabeza, se dio cuenta que su sangre iba dejando huella de su camino, "como Hanzel y Gretel", pensó. Y entendió que la línea roja que involuntariamente había estampado en el suelo sería su delatora si no hacía algo por detenerla, pero sus fuerzas escaseaban.



      Como si darse cuenta de su herida le hubiera hecho entender cómo debía comportarse, alentó su paso. Dobló en una esquina y se enfiló a la acera contraria. Se acercó a una coladera y cuidadosamente arrojó la pistola a través de ella.



-Órale cabrones- se escuchó desde abajo.



      Su mirada fija daba la impresión de que no había escuchado nada, pero las dos palabras hacían eco en su cabeza, viajando de un lado a otro, chocando en cada una de las sienes y repitiéndose tantas veces que perdieron sentido. Caminó tambaleándose. La playera que llevaba se empapó de sudor que al chocar con el aire producía en el resto del cuerpo una sensación de congelamiento. Su cabeza, que parecía tener vida propia, volteaba a todas partes, la visión, cada vez más borrosa, intentaba reconocer el lugar. Sus pasos se volvieron más lentos, casi torpes. Dejó una huella en el toldo de un auto cuando intentó mantenerse en pie. Giró la cabeza una vez más y se encontró de frente con un terreno baldío, el pasto estaba tan crecido y en un momento de lucidez buscó arrastrarse para poder esconderse en él. Lo alcanzó un olor a tierra mientras se le cerraban los ojos, escuchó que las sirenas se acercaban, el sonido se quedó dentro de su cabeza hasta que sintió que le reventaba el cerebro. No supo más de sí.





II

La única frase que sabía de memoria era "Órale cabrones", por eso no dudó en utilizarla cuando algo golpeó su cabeza. Su guarida estaba tenuemente iluminada por la luz que alcanzaba a resbalar por las rendijas de la coladera que fungía como ventana. Buscó a tientas el objeto que lo había golpeado, sus manos encontraron restos de comida, botellas, basura, hasta que sintió algo distinto, frío, de metal. Lo palpó curioso, lo tomó y lo llevó hasta su rostro, estaba perdiendo la vista y para poder verlo cerró el párpado del ojo derecho y lo miró con el izquierdo. El gesto que hizo, sugería que no sabía lo que tenía en las manos.


      Asomó la cabeza por la ventana. La calle estaba vacía y solo hasta que escuchó un ruido se dio cuenta de que alguien se arrastraba entre la hierba del terreno en donde dormía en tiempos de calor. Recordó que en ese lugar tenía guardada una bolsa con todo el dinero que había juntado a lo largo de todos los años en que había vivido en la calle. Debía defenderlo, era su tesoro. Quiso salir de su guarida, pero al escuchar el ruido de policías y patrullas que se acercaban volvió.



      Desesperado por no saber qué pasaría con su bolsa vio cómo la calle se poblaba de pies. Unos corrían, otros caminaban, unos más daban vueltas. Minutos después un sin fin de pasos desordenados se desplegaba por toda la calle, acompañados de un murmullo en donde reinaba la confusión.


Un par de pies caminó cauteloso hasta donde se encontraba. Se detuvieron dando lugar a un silencio ensordecedor. El hombre en la coladera vio cómo, lentamente, aparecía el cañón de una pistola apuntando hacia él. Gritó. Se escuchó un disparo.




III

Los policías corrieron hasta la coladera. Uno trató de meterse en ella pero se quedó atorado, los refuerzos batallaron para sacarlo pero cuando lo hicieron votaron por los dos más delgados para que entraran a investigar. Ayudados por algunas linternas, comenzaron a buscar, entre toda la basura se asomaba una pistola tirada en el suelo al levantarla la sintieron caliente y encontraron una bala incrustada en la pared, algunas ratas cuchicheaban, como si reclamaran por su presencia. Desplegaron un operativo a través de los túneles que armaban un laberinto en la coladera. Cada vez que se encontraban con algún indigente lo tomaban con violencia, lo obligaban a ducharse en las aguas negras que corrían a su lado, lo auscultaban para ver si encontraban alguno con heridas. Sus esfuerzos fueron infructuosos. Acabó la madrugada y con ella la investigación.

IV
Días después unos niños que jugaban futbol en la calle volaron el balón al terreno baldío. Uno de ellos, el más pequeño, fue obligado a ir por él, abriéndose paso entre la maleza se tropezó, antes de caer puso la mano sobre la cara de un hombre, un hombre muerto. Llorando se acercó a los demás. Se reabrieron las investigaciones. Cerraron la calle. El mismo ejército de piernas uniformadas que habían llenado la calle algunos días atrás, la inundó de nuevo. Los niños fueron interrogados. El pequeño que encontró el cadáver perdió el habla. La búsqueda del botín, como días antes fue infructuosa.


       En alguna coladera un hombre acariciaba cariñosamente una bolsa llena con todo el dinero que había juntado durante los todos los años que había vivido en la calle. Entre ellas brillaban también algunos diamantes, el hombre tomaba un puño de la bolsa, lo miraba y lo regresaba. Le gustaba escuchar el ruido de las monedas al chocar entre sí. De vez en vez gritaba "Órale cabrones" disfrutaba del eco de su voz y cuando esta se perdía en la coladera, volvía a sacar un puño de monedas para jugar con él.


Costas

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