El rey sostenía las manos de la
princesa entre las suyas, mientras sentía como se iban enfriando cada vez más; a su lado la reina sollozaba recostada en la cama junto a su moribunda hija.
Hacía unas dos semanas la joven princesa
era una pequeña llena de vida, que correteaba pájaros por los jardines del
castillo, interrumpía las labores reales de sus padres y los llenaba de dicha;
pero súbitamente había enfermado. Dejó
de comer, y cuando lo hacía vomitaba de inmediato, había perdido la capacidad
de caminar, y sus ojos se habían llenado de cataratas las cuáles la habían
cegado casi por completo. Se había llamado a todos los doctores del reino, y se
le ofreció una jugosa recompensa, además de un título nobiliario a quien fuera
capaz de restituir la salud de la pequeña. Pero todos los esfuerzos habían sido
en vano, doctores fueron y vinieron, le
aplicaron inyecciones, ungüentos, remedios y soluciones, pero nada parecía
detener la inminente llegada de la muerte para la futura monarca.
El último doctor se había
marchado ya, lo habían mandado llamar desde una lejana aldea, pues tenía fama de
poder vencer hasta las más imbatibles enfermedades, pero nada pudo hacer por la
heredera al trono. Le acompañaba su hijo pequeño a quien no podía dejar en casa
solo, y el cual era su única compañía después de que su esposa hubiese muerto
un año antes. Viajaban en un carruaje hasta su casa, como les había prometido
el rey que se haría, si aceptaban visitar a la princesa en un intento de
curarla. Su hijo parecía bastante contento y jugueteaba con algo brilloso entre
las manos, lo cual llamó la atención de su padre. Eran dos enormes zafiros, relucientes y
sumamente valiosos. El padre soltó un golpe a su hijo y tomó las piedras,
escondiéndolas en su bolsillo, mientras su vástago lloraba todo el camino a
casa, sin dejar que le explicara que había sido la princesa quien se los había
regalado.
Los sirvientes se preparaban para
el inminente servicio fúnebre, el vicario había sido llamado ya para ir
preparando todo en la capilla del palacio. Un pequeño féretro era entregado,
así como arreglos de blancos crisantemos que eran ordenados en un altar. En la
recámara de la princesa, solo quedaban los monarcas despidiéndose de su hija,
mientras veían cómo iba desapareciendo su respiración. De pronto escucharon un
golpeteo en la puerta, y antes de que pudieran permitir la entrada del lacayo,
el mismo ya se encontraba dentro.
-¡Pero qué clase de ofensa es
esta!- gritó colérico el rey
-Perdone su majestad, pero hay un
hombre a las puertas del reino, que asegura poder curar a la princesa-le dijo
temeroso el criado
-¡Y qué espera, hágalo pasar!-le
ordenó el rey
Era un hombre de unos 40 años,
ataviado en raídas y negras ropas, y con un morral que colgaba de su hombro
izquierdo. No tenía facha de médico, ni siquiera de curandero, pero ante el
agotamiento de sus opciones, los reyes decidieron permitirle la entrada a los
aposentos de su hija.
-No se preocupe, mañana mismo su
hija estará sana- dijo con toda la seguridad
del mundo el extraño
Le ordenó a los reyes que solo
ellos entraran con él al cuarto, y que cerraran bien las puertas. A pesar de la
renuencia de la esposa, el rey decidió que era lo mejor seguir sus
instrucciones. Los guardias se quedaron fuera, dejando expuesta a la familia
real, en caso de que aquel desconocido resultara ser peligroso.
Abrió su viejo y descosido morral
y sacó una vieja daga, de aspecto ceremonial, hecha de oro y con un grabado de
la palabra cronos en la empuñadura, además de un viejo reloj de arena. Los
padres de la pequeña no entendían nada de lo que pasaba y se encontraban
sumamente nerviosos, solo observaban cautelosamente ahora que un arma se
encontraba tan cerca de su única hija. El extraño abrió el reloj de arena, y tomó
la daga; antes de que los monarcas pudieran decir algo ya había realizado un
corte en el brazo de la heredera. El rey de inmediato se abalanzó sobre el
atacante.
-Basta, déjeme terminar o ella
morirá, olvida que soy el único que puede salvarla- le decía el hombre vestido en negro mientras lo empujaba
La reina tomó a su esposo por el
brazo y le rogó que lo dejara terminar el ritual. El rey renuentemente aceptó,
pero amenazó de muerte al desconocido si lo que realizaba era solo un embuste.
El hombre solo sonrío y tomó el reloj, lo ubicó bajo el brazo de la
hija y dejó que las gotas de sangre que escurrían, cayeran en la arena. La
arena se volvió roja, y de inmediato el brazo de la niña cicatrizó. A
continuación selló el reloj y se lo entregó al padre.
-Ahora escúchenme bien: La arena
que contiene ese reloj representa la vida de su hija, por eso necesitaba su
sangre. El reloj tarda 24 horas en consumir su tiempo, antes de que el último
grano caiga se le deberá dar vuelta, con lo cual la princesa vivirá un día más.
Pero cuidado, solo ustedes dos podrán hacerlo y si alguien más lo intentase no
habrá efecto alguno. La vida de ella
será prestada, por cada giro que se dé al reloj, la persona cuya mano le de
vuelta, perderá un día de vida. Ella podrá conocer el secreto si así lo desean,
pero no deberá tocar el reloj o morirá al instante-
El rey aún estupefacto dio vuelta
al reloj y de inmediato la princesa comenzó a recuperar el color.
-¿Qué pasará cuando hayamos muerto nosotros?- preguntó angustiada la reina
-Ella deberá ser desposada antes
de que eso pase, pero a su futuro esposo le será revelada la verdad, y solo si
él acepta entregarle su vida a la princesa podrá dar vuelta al reloj-
Los reyes corrieron a abrazar a
su hija, quien milagrosamente comenzaba a verse sana, mientras sus cataratas
desaparecían, sus pies comenzaban a moverse, y se sentía más cálida de lo que
había estado en semanas. Cuando voltearon a agradecer al extraño, ya no se
encontraba en el lugar, solo estaba el viejo reloj de arena sobre una mesa,
cuyos granos caían lentamente.
El Jaguar
El Jaguar
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