sábado, 28 de noviembre de 2015

La Princesa de Arena (Parte I)


El rey sostenía las manos de la princesa entre las suyas, mientras sentía como se iban enfriando cada vez más; a su lado la reina sollozaba recostada en la cama junto a su moribunda hija. Hacía unas dos semanas  la joven princesa era una pequeña llena de vida, que correteaba pájaros por los jardines del castillo, interrumpía las labores reales de sus padres y los llenaba de dicha; pero súbitamente había enfermado.  Dejó de comer, y cuando lo hacía vomitaba de inmediato, había perdido la capacidad de caminar, y sus ojos se habían llenado de cataratas las cuáles la habían cegado casi por completo. Se había llamado a todos los doctores del reino, y se le ofreció una jugosa recompensa, además de un título nobiliario a quien fuera capaz de restituir la salud de la pequeña. Pero todos los esfuerzos habían sido en vano,  doctores fueron y vinieron, le aplicaron inyecciones, ungüentos, remedios y soluciones, pero nada parecía detener la inminente llegada de la muerte para la futura monarca. 

El último doctor se había marchado ya, lo habían mandado llamar desde una lejana aldea, pues tenía fama de poder vencer hasta las más imbatibles enfermedades, pero nada pudo hacer por la heredera al trono. Le acompañaba su hijo pequeño a quien no podía dejar en casa solo, y el cual era su única compañía después de que su esposa hubiese muerto un año antes. Viajaban en un carruaje hasta su casa, como les había prometido el rey que se haría, si aceptaban visitar a la princesa en un intento de curarla. Su hijo parecía bastante contento y jugueteaba con algo brilloso entre las manos, lo cual llamó la atención de su padre.  Eran dos enormes zafiros, relucientes y sumamente valiosos. El padre soltó un golpe a su hijo y tomó las piedras, escondiéndolas en su bolsillo, mientras su vástago lloraba todo el camino a casa, sin dejar que le explicara que había sido la princesa quien se los había regalado.

Los sirvientes se preparaban para el inminente servicio fúnebre, el vicario había sido llamado ya para ir preparando todo en la capilla del palacio. Un pequeño féretro era entregado, así como arreglos de blancos crisantemos que eran ordenados en un altar. En la recámara de la princesa, solo quedaban los monarcas despidiéndose de su hija, mientras veían cómo iba desapareciendo su respiración. De pronto escucharon un golpeteo en la puerta, y antes de que pudieran permitir la entrada del lacayo, el mismo ya se encontraba dentro.

-¡Pero qué clase de ofensa es esta!- gritó colérico el rey

-Perdone su majestad, pero hay un hombre a las puertas del reino, que asegura poder curar a la princesa-le dijo temeroso el criado

-¡Y qué espera, hágalo pasar!-le ordenó el rey

Era un hombre de unos 40 años, ataviado en raídas y negras ropas, y con un morral que colgaba de su hombro izquierdo. No tenía facha de médico, ni siquiera de curandero, pero ante el agotamiento de sus opciones, los reyes decidieron permitirle la entrada a los aposentos de su hija.

-No se preocupe, mañana mismo su hija estará sana- dijo con toda la seguridad  del mundo el extraño

Le ordenó a los reyes que solo ellos entraran con él al cuarto, y que cerraran bien las puertas. A pesar de la renuencia de la esposa, el rey decidió que era lo mejor seguir sus instrucciones. Los guardias se quedaron fuera, dejando expuesta a la familia real, en caso de que aquel desconocido resultara ser peligroso.

Abrió su viejo y descosido morral y sacó una vieja daga, de aspecto ceremonial, hecha de oro y con un grabado de la palabra cronos en la empuñadura, además de un viejo reloj de arena. Los padres de la pequeña no entendían nada de lo que pasaba y se encontraban sumamente nerviosos, solo observaban cautelosamente ahora que un arma se encontraba tan cerca de su única hija. El extraño abrió el reloj de arena, y tomó la daga; antes de que los monarcas pudieran decir algo ya había realizado un corte en el brazo de la heredera. El rey de inmediato se abalanzó sobre el atacante.

-Basta, déjeme terminar o ella morirá, olvida que soy el único que puede salvarla- le decía el hombre vestido en negro mientras lo empujaba 

La reina tomó a su esposo por el brazo y le rogó que lo dejara terminar el ritual. El rey renuentemente aceptó, pero amenazó de muerte al desconocido si lo que realizaba era solo un embuste. El hombre solo sonrío y tomó el reloj, lo ubicó bajo el brazo de la hija y dejó que las gotas de sangre que escurrían, cayeran en la arena. La arena se volvió roja, y de inmediato el brazo de la niña cicatrizó. A continuación selló el reloj y se lo entregó al padre.

-Ahora escúchenme bien: La arena que contiene ese reloj representa la vida de su hija, por eso necesitaba su sangre. El reloj tarda 24 horas en consumir su tiempo, antes de que el último grano caiga se le deberá dar vuelta, con lo cual la princesa vivirá un día más. Pero cuidado, solo ustedes dos podrán hacerlo y si alguien más lo intentase no habrá efecto alguno.  La vida de ella será prestada, por cada giro que se dé al reloj, la persona cuya mano le de vuelta, perderá un día de vida. Ella podrá conocer el secreto si así lo desean, pero no deberá tocar el reloj o morirá al instante-

El rey aún estupefacto dio vuelta al reloj y de inmediato la princesa comenzó a recuperar el color.

-¿Qué pasará cuando hayamos muerto nosotros?- preguntó angustiada la reina

-Ella deberá ser desposada antes de que eso pase, pero a su futuro esposo le será revelada la verdad, y solo si él acepta entregarle su vida a la princesa podrá dar vuelta al reloj-


Los reyes corrieron a abrazar a su hija, quien milagrosamente comenzaba a verse sana, mientras sus cataratas desaparecían, sus pies comenzaban a moverse, y se sentía más cálida de lo que había estado en semanas. Cuando voltearon a agradecer al extraño, ya no se encontraba en el lugar, solo estaba el viejo reloj de arena sobre una mesa, cuyos granos caían lentamente.

El Jaguar

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