jueves, 26 de noviembre de 2015

Con Piedritas y Terrones

Victoria

Me reencontré con Victoria. Aquella mujer que hacía tiempo había conocido una tarde lluviosa, si mi memoria no me engaña en ese tiempo trabajaba como repartidor de comida y justo habóia hecho la última entrega del día. La lluvia sorprendió a todos en la calle, los peatones que de la nada se convirtieron en multitud se arremolinaban buscando un lugar donde resguardarse, yo me había arrimado a la marquesina de una casa para quedar al amparo de lo que otrora fungía como una sombra, y en ese momento la vi, caminando con calma, como si disfrutara mojarse, le hice señas pero resultaron infructuosas, no hubo reacción, entonces le chiflé, fue cuando volteó, otra vez le hice señas (ahora lo pienso y me siento ridículo, brincando y moviendo las manos como si estuviera buscando a alguien en una multitud) se acercó sonriendo, al mirar sus dientes, que resaltaban de su piel morena por ser espantosamente blancos, un dejo de pena se apoderó de mí. Agaché la mirada y unas gotas resbalaron de mi frente hasta mis pestañas, con la mirada borrosa noté que sus pies se habían postrado junto a mí. 

Sentí miedo, era la primera vez que una mujer aceptaba estar a mi lado bajo la lluvia y me sentía incapaz de hablarle, o por lo menos de corresponderle con la sonrisa que me había regalado al llegar junto a mí. "Pensará que le hablé porque quiero tener una aventura" pensé, además la idea se reforzó en mí cuando recordé que alguna vez me habían dicho que mi mirada, aunque no fuera ese mi propósito parecía malintencionada (las hipótesis de mis amigos para tratar de explicarlo han sido diversas, la gama se reparte desde lo más común como el hecho de que todo el tiempo estoy de malas y por eso mi cara refleja un aire de buscar venganza hasta que seguramente me anda por ir al baño y al forzar mi esfinter anal la única salida que me queda es la de los ojos y por eso reacciono así, naturalmente ésta es la más alejada de la realidad y la que más me molesta). 

Mi ánimo derruido estuvo a punto de poner en marcha mis pies, cuando ella, con un acento notablemente foráneo me dijo, hola, soy Victoria, como si en algún momento hubiera aprendido esa frase y la repitiera mecánicamente. No dijo más. Me puse nervioso, "como la canción" pensé, ¿pero cuál canción? De veras que mi mente maquila locuras, como fábrica neoliberal, cada vez que estoy nervioso. Me armé de algo parecido al valor y con voz entrecortada le contesté, soy Fabián. Le di la mano y en una especie de ritual entorpecido por mis movimientos nos saludamos, después, con un movimiento sutil, le quité algunas gotas de la cara y volteamos a ver la lluvia que no cedía, vimos pasar un relámpago y el ruido que siguió al flashazo fue con tal fuerza que me obligó a cerrar los ojos y al instante se dibujó en mi mente la imagen de un león embravecido gruñendo frente a mí, o al menos es como me han hecho creer las caricaturas. Abrí los ojos y vi con gracia que Victoria se persignaba.Después me miró. 

-¿De dónde eres? -le pregunté. 

-Parangaricutirimicuaro- me dijo. 

-¿Palanganimicuaro?- le repliqué- pensando que seguramente en su pueblo se dedicaban a la producción de palanganas. 

Me miró y se rió.  

-Parangaricutirimicuaro-me repitió. Miró mi cara y se rió. Y en esta ocasión optó por deletrearme-paranga.  

-paranga- repetí. 

-ricuti 

-ricuti 

-rimi 

-rimi 

-cuaro 

-cuaro 

Me sonrió 

-Parangatirimuicuaro- pronuncié aún dudoso. 

Y esta vez me miró con una expresión compasiva, como si empezara a perder la esperanza de que pudiera decirlo, y sin embargo, insistió. 

-Paraaaangaaaricuuuutiiiirimiiiiicuaro- me dijo, mientras yo entrecerraba los párpados, como si al ver sus labios estuviera decifrando algún códice o unas letras muy pequeñas. 

-Paraaaaaaangaricutiiiiiirimicuaro- articulé y me miró sonriente- perdón- le dije- soy malo para aprender palabras nuevas, siempre me pasa. 
Pareció ignorarme. La lluvia que llegaba a su clímax, ocupó su atención y yo me quedé mirando sus ojos, noté en ellos un aire de dolor, como si el sonido de la lluvia, o el agua por sí misma, le hubiera removido algún recuerdo. 

-¿En qué lugar está tu pueblo?- le pregunté pero no respondió, ni siquiera pareció escuchar. -¿en dónde está ese pueblo?- le repetí tocándole el hombro. Reaccionó cuando sintió mi mano sobre ella. Me miró como si no me reconociera y me empujó sin decirme una sola palabra.  

Asomó la mano para tocar la lluvia, se percató que de la nada empezó a escampar y con paso lento se encaminó de nuevo por en medio de la calle. La acompañé con la mirada, sin parpadear, hasta que la lluvia y la distancia la envolvieron creando en mis ojos un efecto que me dio la impresión de que había desaparecido, o mejor aún, que había sido succionada por un hoyo negro. 

Anoche la reconocí porque tuvo el valor de detener el tránsito en la calle. Un conductor hacía ruido con la bocina de su auto, era un tipo con facha de gótico, llevaba cabello largo y el contorno de los ojos pintados, no decía nada, no gritaba, sólo hacía sonar la bocina con unas ganas endemoniadas, delante de él caminaba Victoria, la reconocí por la sonrisa que se asomaba de la boca, la miré vulnerable y corrí hasta ella, la tomé del brazo y la arrastré conmigo hasta la banqueta. 

-Fue por amor- me dijo. Sus palabras me desconcertaron. 

-Por amor ¿qué?- le pregunté y esperé su respuesta. 

Empezó a caminar. La seguí. Me tomó del brazo y tomó mi mano derecha entre las suyas, me apretó y con sus uñas aprisionó mi mano mostrando un enojo que no había visto en nadie en mucho tiempo, me estaba ,lastimando y jalé mi mano. 

-Fuimos víctimas de una traición, la subversión campesina nos traicionó. 

-¿Cuál subversión? En mi país los campesinos no reclaman. Los tenemos relegados y bien controlados o ¿eres de Chiapas?- le pregunté y después recordé Acteal, Ayotzinapa, Tlatlaya, los indios yaquis, pero nada, nada que se pareciera a Parangaricutirimicuaro, el pueblo del que me había dicho que era originaria. -¿Cuál subversión?- insistí. 

Me miró de nuevo, supe, por sus ojos, que no me reconocía, como si aquel encuentro en la lluvia no hubiera sucedido para ella. Me volvió a tomar de la mano y apretó mi brazo, no supe si hacerlo provocaba en ella una especie de catarsis o si le servía para recordar aquel drama que no se animaba a terminar de contarme. 

-El Frente Campesino, esos hijosdeputa nos traicionaron, yo amaba a mi marido, con locura, con pasión desenfrenada, con toda mi vida, por eso los maté. 

Cuando me dijo esto su mirada estaba fija en el horizonte, como si no se diera cuenta de que yo estaba ahí o como si fuera una autómata que había memorizado ese discurso o si hubiera visto esa historia en algún lugar y sólo la estaba repitiendo. 

-Salí huyendo de El Salvador, me seguían los campesinos, también los mareros hijosdeputa que querían que me prostituyera. Estoy en México sólo de paso porque voy para los Estados Unidos, ahí no me va a pasar nada. 

Este comentario significó para mí el desengaño todas mis hipótesis sobre su origen, había pensado que era de algún lugar en la península yucateca pero nada en específico, ahora entendía todo. Lo que me pareció un acto de valentía, de extrema valentía, era su intención de llegar hasta el país del norte, con la idea de que ahí estaría bien. De pronto volvió a interrumpir mis pensamientos. 

-Me han buscado todos estos meses, sé que están cerca, quieren mi cabeza, no voy a ser libre hasta que llegue con mi hermana en Arizona. 

-¿Te irás de ilegal? 

La pregunta pareció sacarla de su ensimismamiento, su rostro se iluminó y como si su lengua se moviera por alguna fuerza extraña me miró y me dijo.  

-Legal, ilegal, qué más da, hace mucho que perdí mi identidad, hace mucho que tan sólo soy un número o alguien que sólo tiene que trabajar y consumir, dime si eso es ser persona, dime si podría importarme ser legal o ser ilegal. 

Dicho esto su momento de lucidez terminó, su mirada se nubló de nuevo, me soltó y emprendió de nuevo su huída por el medio de la calle. No supe qué decir, la acompañé con la mirada y la vi desaparecer entre la oscuridad y la distancia.

Costas

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