Sentía el sabor a fierro en su
boca, y la humedad del líquido que escurría por la misma. Trataba de reconocer
el cuarto en el que se encontraba: piso de cemento, paredes sin ventanas, un viejo colchón que apestaba a suciedad en el
cual se encontraba acostado, y una puerta de tambor, que seguro estaba cerrada.
Cada que cerraba los ojos sentía la denominada cama loca; pasó la mano por sus
labios, y descubrió que el líquido que escurría por los mismos era sangre.
No podía saber si era de día o no
en ese oscuro cuarto, pero estaba seguro que la luz lastimaría sus ojos de
cualquier manera. El aire se encontraba viciado, con un cada vez más intenso
olor a putrefacción, el cual lo había despertado, y que parecía provenir del
otro lado de la puerta. Dio vuelta a la perilla pero como temía la puerta se
encontraba cerrada. Miró a su alrededor y buscó algo con lo cual abrirla, fue entonces
que sintió sus pies descalzos y notó que no traía puesta playera.
El primer golpe fue el más
complicado y doloroso, pero después de eso su manos se entumecieron. Sacó el
ensangrentado brazo por el hoyo que había hecho a través de la puerta, y quitó
el seguro por fuera. Algo bloqueaba su
camino, era una masa de carne, que olía asqueroso, como si un gato muerto se
hubiera dejado al solo por días. Resbaló en un charco de sangre y cayó, sobre
lo que reconoció como un cuerpo. Recordó entonces que había estado bebiendo con
Arturo; no podía saberlo, pero estaba casi seguro que ese era su cuerpo. No
había tiempo para llorarlo si quería salir vivo de ahí.
El pasillo era tan o más oscuro
que el cuarto donde se encontraba, pero sus pupilas se habían acostumbrado ya a
la falta de luz. No podía coordinar muy bien, sus pasos eran erráticos y se
apoyaba en la pared para no caerse. Comenzó a divisar un pequeño banco y una
puerta de metal al final del mismo. Tomó el pequeño vaso junto al banco, y
bebió su contenido sin pensarlo pues moría de sed; escupió el tequila y se
sintió aún más asqueado. Escuchaba unas cuantas cumbias provenientes del lugar
que había al salir de la puerta. Empujó la puerta lentamente y para su sorpresa
se encontraba abierta.
La luz era insoportable,
lastimaba sus ojos y lo desorientaba todavía más. Tuvo que utilizar su mano
para mitigar la intensidad de la misma. Era el patio de lo que parecía una
vecindad. Las cumbias provenían de los pisos de arriba.
-A dónde fue la chingada Maira-
-Fue por las tortillas para el
desayuno-
-Le dije a la cabrona que cuidara
al pendejo ese. No se nos vaya a morir como el otro cabrón, y cómo cobramos el
rescate-
-No se nos va a morir si no lo
puteas hasta deshacerle la cara pendejo-
-Esos putitos ni aguantan nada,
pinches maricones-
Los dos hombres bebían cerveza en
un balcón y desde donde se encontraban no lo veían. El patio era amplio quizá
unos 15 metros, si quería tener una oportunidad debía correr.
Sintió el golpe de la puerta del
zaguán en su cara, justo cuando iba a meter la llave en la cerradura para
abrirla. Los dos kilos de tortillas cayeron al piso, al igual que ella. Cuando
volteó a verlo y lo reconoció, comenzó a gritar: pendejos se escapa, se escapa el cabrón, atrápenlo.
La calle se encontraba vacía,
estaba seguro que los vecinos veían todo desde sus ventanas pero no iban a
intervenir. Había botellas rotas en el pavimento, y unos cuantos vidrios se le
enterraron en las plantas de los pies; a pesar del dolor no dejó de correr y
fue dejando un rastro de sangre sobre la calle. Vio lo que parecía una estación
de metro a lo lejos, y se dijo a sí mismo que cuando llegara a ella estaría a
salvo. Volteaba de vez en vez para mirar a que distancia se encontraban sus
captores, y la misma se acortaba cada vez más.
De pronto una patrulla apareció
doblando una de las esquinas de la calle. Corrió a la misma y comenzó a golpear
el cristal con desesperación. Uno de los oficiales bajó el vidrio, y le dijo:
-Cálmate cabrón ¿qué te pasa?-
-Me secuestraron, ayúdenme, ahí
vienen-
-A ver cabrón, cálmate y súbete-
Abrió la puerta del asiento trasero
y se subió, volteó a ver cómo iban sus captores quienes habían alentado el
paso.
-Vámonos por favor, seguro tienen
armas- decía enjugándose las lágrimas
-Cálmado cabrón, no chille. Quien
dice que no es usted el delincuente- le dijo el oficial al volante, poniendo el
seguro a las puertas del asiento trasero.
-No entienden, mataron a mi
amigo-
-¿Qué opinas pareja? Anda diciendo
que mi sobrino es secuestrador y asesino- Ambos oficiales comenzaron a reír
Despertó al sentir un gran dolor
en la mano, abrió los ojos y vio un charco de sangre. Se encontraba en el mismo
cuarto donde había despertado antes, ahora alumbrado por una pequeña lámpara.
Sintió nuevamente el punzante dolor, y vio horrorizado como le faltaba un dedo
en su mano. Soltó un grito y de pronto sintió una patada en la boca del
estómago.
-Calmado cabrón, no queremos que
llames la atención. Si cooperas puede que te vayas de aquí con vida- Reconoció
la voz como la de uno de los oficiales
-A ver cabrón quieto, que te voy
a poner sal para que no se te infecte, y ay de ti si gritas putito-
Sintió el ardor más terrible que
había experimentado en la vida pero no gritó.
-Ahora sí, vamos a llamar otra vez
a tu familia para ver cuánto han juntado, a ver si con el dedo que les mandamos
se apuran-
El Jaguar
El Jaguar
Me gusta como al hacerlo tan real logra hacerse tan tétrico. Muy bueno.
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