martes, 3 de noviembre de 2015

El Escape


Sentía el sabor a fierro en su boca, y la humedad del líquido que escurría por la misma. Trataba de reconocer el cuarto en el que se encontraba: piso de cemento, paredes sin ventanas,  un viejo colchón que apestaba a suciedad en el cual se encontraba acostado, y una puerta de tambor, que seguro estaba cerrada. Cada que cerraba los ojos sentía la denominada cama loca; pasó la mano por sus labios, y descubrió que el líquido que escurría por los mismos era sangre.

No podía saber si era de día o no en ese oscuro cuarto, pero estaba seguro que la luz lastimaría sus ojos de cualquier manera. El aire se encontraba viciado, con un cada vez más intenso olor a putrefacción, el cual lo había despertado, y que parecía provenir del otro lado de la puerta. Dio vuelta a la perilla pero como temía la puerta se encontraba cerrada. Miró a su alrededor  y buscó algo con lo cual abrirla, fue entonces que sintió sus pies descalzos y notó que no traía puesta playera.

El primer golpe fue el más complicado y doloroso, pero después de eso su manos se entumecieron. Sacó el ensangrentado brazo por el hoyo que había hecho a través de la puerta, y quitó el seguro por fuera. Algo bloqueaba  su camino, era una masa de carne, que olía asqueroso, como si un gato muerto se hubiera dejado al solo por días. Resbaló en un charco de sangre y cayó, sobre lo que reconoció como un cuerpo. Recordó entonces que había estado bebiendo con Arturo; no podía saberlo, pero estaba casi seguro que ese era su cuerpo. No había tiempo para llorarlo si quería salir vivo de ahí.

El pasillo era tan o más oscuro que el cuarto donde se encontraba, pero sus pupilas se habían acostumbrado ya a la falta de luz. No podía coordinar muy bien, sus pasos eran erráticos y se apoyaba en la pared para no caerse. Comenzó a divisar un pequeño banco y una puerta de metal al final del mismo. Tomó el pequeño vaso junto al banco, y bebió su contenido sin pensarlo pues moría de sed; escupió el tequila y se sintió aún más asqueado. Escuchaba unas cuantas cumbias provenientes del lugar que había al salir de la puerta. Empujó la puerta lentamente y para su sorpresa se encontraba abierta.

La luz era insoportable, lastimaba sus ojos y lo desorientaba todavía más. Tuvo que utilizar su mano para mitigar la intensidad de la misma. Era el patio de lo que parecía una vecindad. Las cumbias provenían de los pisos de arriba.
-A dónde fue la chingada Maira-
-Fue por las tortillas para el desayuno-
-Le dije a la cabrona que cuidara al pendejo ese. No se nos vaya a morir como el otro cabrón, y cómo cobramos el rescate-
-No se nos va a morir si no lo puteas hasta deshacerle la cara pendejo-
-Esos putitos ni aguantan nada, pinches maricones-

Los dos hombres bebían cerveza en un balcón y desde donde se encontraban no lo veían. El patio era amplio quizá unos 15 metros, si quería tener una oportunidad debía correr.

Sintió el golpe de la puerta del zaguán en su cara, justo cuando iba a meter la llave en la cerradura para abrirla. Los dos kilos de tortillas cayeron al piso, al igual que ella. Cuando volteó a verlo y lo reconoció, comenzó a gritar: pendejos se escapa,  se escapa el cabrón, atrápenlo.

La calle se encontraba vacía, estaba seguro que los vecinos veían todo desde sus ventanas pero no iban a intervenir. Había botellas rotas en el pavimento, y unos cuantos vidrios se le enterraron en las plantas de los pies; a pesar del dolor no dejó de correr y fue dejando un rastro de sangre sobre la calle. Vio lo que parecía una estación de metro a lo lejos, y se dijo a sí mismo que cuando llegara a ella estaría a salvo. Volteaba de vez en vez para mirar a que distancia se encontraban sus captores, y la misma se acortaba cada vez más. 

De pronto una patrulla apareció doblando una de las esquinas de la calle. Corrió a la misma y comenzó a golpear el cristal con desesperación. Uno de los oficiales bajó el vidrio, y le dijo:
-Cálmate cabrón ¿qué te pasa?-
-Me secuestraron, ayúdenme, ahí vienen-
-A ver cabrón, cálmate y súbete-
Abrió la puerta del asiento trasero y se subió, volteó a ver cómo iban sus captores quienes habían alentado el paso.
-Vámonos por favor, seguro tienen armas- decía enjugándose las lágrimas
-Cálmado cabrón, no chille. Quien dice que no es usted el delincuente- le dijo el oficial al volante, poniendo el seguro a las puertas del asiento trasero.
-No entienden, mataron a mi amigo-
-¿Qué opinas pareja? Anda diciendo que mi sobrino es secuestrador y asesino- Ambos oficiales comenzaron a reír

Despertó al sentir un gran dolor en la mano, abrió los ojos y vio un charco de sangre. Se encontraba en el mismo cuarto donde había despertado antes, ahora alumbrado por una pequeña lámpara. Sintió nuevamente el punzante dolor, y vio horrorizado como le faltaba un dedo en su mano. Soltó un grito y de pronto sintió una patada en la boca del estómago.
-Calmado cabrón, no queremos que llames la atención. Si cooperas puede que te vayas de aquí con vida- Reconoció la voz como la de uno de los oficiales
-A ver cabrón quieto, que te voy a poner sal para que no se te infecte, y ay de ti si gritas putito-
Sintió el ardor más terrible que había experimentado en la vida pero no gritó.

-Ahora sí, vamos a llamar otra vez a tu familia para ver cuánto han juntado, a ver si con el dedo que les mandamos se apuran-

El Jaguar

1 comentario:

  1. Me gusta como al hacerlo tan real logra hacerse tan tétrico. Muy bueno.

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