domingo, 8 de noviembre de 2015

Las patas del manzano

Iban los muertos paseando por Reforma...

De los males, el menor. Es una de las frases recurrentes de mi familia. Y es que, la vida, en su sabiduría, está llena de situaciones adversas, incómodas o complicadas, y hay que poder verle el lado bueno o 'no tan malo' para no tomárselo todo tan apecho.

El pasado fin de semana, uno de mis favoritos del año por juntarse Día de Muertos y Halloween (sí, festejo una fiesta 'gringa', supérenlo chairos de Twitter), asistí al paseo ciclista organizado por el gobierno de nuestra amada y complicada ciudad.

Ahí iba yo, feliz con mi disfraz improvisado de pirata, rumbo al paseo para reunirme con algunos amigos. Y claro, uno no puede realmente esperar que un evento así en la megalópolis que es el DF esté vacío, pero la cantidad de asistentes fue tal (95 mil almas, según datos del GDF), que prácticamente tuvimos que andar como en patín del diablo, con un pie abajo, empujando la bicicleta.

No me malinterpreten, me encanta que cada vez más gente en esta ciudad, notablemente dominada por los autos, se trepe a una bici y se dé la oportunidad de gozar la increíble libertad que te dan esas dos ruedas.

Y si el "mal menor" es tener que acostumbrarse a los congestionamientos 'cleteros', a no poder ir tan libremente por la calle, estoy dispuesta; pero al igual que con cualquier conductor de automotor es imprescindible... no... imperativo que la persona que controla el manubrio tenga tantita civilidad y educación vial.

Gente hablando por celular mientras pedaleaba, sin luces pese a que era de noche, frenando donde y cuando se les ocurría, cambiando posición sin voltear ni un poco a los lados y aparcándose de la forma más estorbosa posible en plena calle... son sólo algunas de las muestras de civilidad de muchos de los asistentes. Y no, no puedo generalizar, hay muchos en esta ciudad que respetan las normas, que van despiertos y al tanto del camino y que se preocupan por sus congéneres ciclistas, pero, como en muchas situaciones, pagan justos por pecadores.

Y es que, más que la mala planeación, la contaminación, la falta de transporte público eficiente (por no decir decente), las manifestaciones, los bloqueos, etc., el mayor problema para la convivencia en esta ciudad es la falta de civilidad, la ausencia de ese foquito que se prende en tu cabeza y dice "¡Hey¡ mira, aquella persona merece que la trate con el respeto que a mí me gustaría ser tratado". La carencia de esa actitud, de esa ideología, es lo que nos da en la madre y que crea mucho del caos y el estrés en el que vivimos.

La libertad que, desde temprana edad, experimento al subirme a esas dos ruedas, no la he podido comparar con ninguna otra, y es esperanzador que haya cada vez más gente que busque sentirlo y liberarse del tránsito interminable; sin embargo, creo (muy desde mi trinchera) que todos deberíamos empezar por encender ese foquito, para poder sentirnos un poquito más libres.

Manzanita







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