Llovía. Él llevaba algunos días sin tomar un baño, por eso
odió el agua que se atrevió a terminar con aquella racha. El olor que había
logrado acumular bajo sus axilas era el mejor compañero que había encontrado en
los últimos días. Movía la cabeza incesante, tratando seguir un ritmo que se le
había perdido tiempo atrás, por un momento sospechó que jamás lo había tenido.
La lluvia y su sonido eran los únicos que lograban llevar el
ritmo, al grado que su repetición infinita le puso nervioso. En medio de toda
la confusión escuchaba la misma voz que
días antes lo había conminado a perpetrar el asesinato. Miró sus manos y
alcanzó a distinguir en ellas el color de la sangre de su última víctima, en
realidad no tenía una sola mancha, sin embargo, él sentía que algunas gotas le
seguían escurriendo tal y como lo habían hecho aquella tarde al jugar con las
entrañas de aquel cadáver que había dejado en su camino.
Intentó abrirse paso entre el agua que insistía en lacerar
el suelo a gran velocidad, rápidamente el lodo hizo su aparición y las huellas
que dejó en la tierra se mezclaban con las de caballos que habían tirado
algunos carruajes durante la tarde sobre la misma vereda en que sus pies
comenzaban a batallar para avanzar.
Se talló los ojos, el agua mezclada con el sudor le resultó
irritante, la oscuridad que había acompañado a las primeras gotas de lluvia le impedía reconocer
el camino tantas veces andado, para encontrar aquella casa que en otros tiempos
había sido el destino de sus alegrías, cuando la ilusión y las ansias de jugar
con sus primos le achataban las uñas. Cada uno de ellos, dicho sea de paso,
había sido alcanzado por la voz que se hacía más insoportable cada vez.
El ruido de los
cascos de un caballo lo puso alerta, sabía que alguien se acercaba pero no
atinaba a distinguir la dirección de
donde provenía. Intentó caminar, pero el lodo que ya se había apoderado de las
suelas y subía amenazante por las piernas lo obligaba a dar zancadas torpes,
con trabajo mantenía el equilibrio y un ventarrón lo empujó hasta el suelo, salvó
la cara al usar la mano derecha y al
levantarse volvió a sentir que la sangre le escurría. Cuando por fin se puso en
pie encontró que el carruaje, tirado por un caballo que también batallaba con
la ley de gravedad, había pasado a sus espaldas. No distinguió al chofer y
mucho menos supo decir si alguien iba dentro de aquel carruaje, sólo supo que
sus ansias por llegar a la casa se habían vuelto iguales a las de la infancia.
Y sin embargo, no supo hacia dónde moverse.
Inmóvil, sentía cómo el agua le escurría desde las sienes
hasta la barbilla, a lo lejos, volvía a escuchar la voz que lo había perseguido
toda su vida, la necesidad de llegar y encontrar a su abuelo guardando sus
cosas o a su abuela preparándole un poco de chocolate le motivó a moverse.
Haciendo un esfuerzo logró moverse. En un árbol encontró el clavo que en su
infancia había sido cómplice de la broma que le jugaron a su hermanita, cuando
sin cabeza colgaron a una de sus muñecas y le hicieron creer que había sido el
diablo el autor de aquella imagen.
Caminó a tientas, encontró el árbol donde alguna vez
improvisaron un columpio y por inercia se enfiló al granero. Se supo salvado,
libre de aquella voz que se negaba a dejarlo en paz. Quitó el seguro a la
puerta y la empujó con cautela. Todavía estaban los leños acomodados como la
última vez que había estado ahí, la pastura de los animales, que ya no vivían
ahí, adornaba el suelo de las caballerizas. Encontró que la lluvia alcanzaba a
filtrarse del techo, las gotas habían formado ya un camino por las paredes y se
habían establecido en alguna que otra madera que había cedido ante la insistencia
torrencial. Torpe, aún con lodo en sus botas, buscó el refugio que tantas veces
había sido el testigo de su llanto, se encontraba detrás de las caballerizas y
solía acudir a él cada vez que sus primos lo molestaban o su abuelo lo
regañaba. La casa tenía tanto tiempo sola, que la nostalgia lo invadió una vez
más.
Escuchó la voz que jamás lo dejaba en paz, esta vez sintió
que le gritaba en el oído provocando un doble desgarre, el de la garganta que
la emitía y el de su propio oído, algunos pedazos de tierra húmeda habían
trazado un camino desde la entrada hasta donde sus pies lentos intentaban
avanzar. Caminó entre herramienta y las puertas abiertas de las caballerizas,
cuando al fin llegó a su refugio,
encontró un charco en el suelo provocado por las goteras, alzó la vista y se
encontró con su propio cadáver colgado, adornado con el agua que se había
filtrado y que se mezclaba con la sangre que cada vez era más escasa, el cuerpo
se encontraba en pleno proceso de descomposición y las vísceras eran lo único
que ya no estaba. Se miró las manos, las volvió a sentir llenas de sangre, la
voz retumbó en su cabeza de nuevo, se negó a escucharla, agitó la cabeza, se
golpeó contra el suelo y arrastrándose buscó la salida. Empapado buscó un
refugio nuevo en el bosque, trataba de hacerse invisible a aquella voz que le retumbaba
en la cabeza.
Costas
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