jueves, 18 de junio de 2015

Con Piedritas y Terrones

'Adrian'

Conocí a Adrian en la escuela de abogados, se le iba la vida corrigiendo a la gente que no pronunciaba bien su nombre y ponía la sílaba tónica en las últimas tres letras de su nombre, “es ‘Eidrian’, está en inglés”, les decía. La primera vez que le escuché decir esto no pude evitar pensar en su ‘mamonería’ evidente, pero años más tarde me daría cuenta de que no era tanto un asunto suyo como lo era de su padre, quien padecía de ‘gringofilia’ y había decidido nombrar a su primogénito como si su nombre fuera anglosajón yme tocó ser testigo en varias ocasiones de discursos aburridos sobre la importancia de que su nombre fuera pronunciado como estaba escrito y no como lo pretendía hacer la mayoría de la gente.

Algunas de nuestras compañeras jugaban a seducirlo, haciéndole burla por esta situación, “quiero un novio extranjero” le decían y le mandaban besos y le guiñaban el ojo o, en el caso de las más atrevidas, (sitúese querido lector, en los años 90) bajaban sus blusas para mostrarle parte de su pecho; ese era el momento en que más apreciaba a mi amigo, pues podía ver una parte de los senos de mis compañeras que quizá en otras condiciones jamás miraría.

Cuando por fin encontró una mujer que no le hiciera burla a ni a él ni a su nombre solíamos salir los tres, aunque estoy seguro de que a ella no le agradaba la idea, pues en incontables ocasiones llevaba a sus amigas para que platicaran conmigo, cosa que nunca sucedió, pues no sólo me daba pena hablar sino que además, mi torpeza terminaba por tirarles encima el refresco, la comida o en el caso más extremo a mí mismo.

Él nunca quiso culparme por su ruptura, no al menos de manera directa, pero algunos de sus comentarios como “búscate una novia” o “deberías joderle la relación a todos los del salón” me hicieron pensar que no le era muy grato su estado de soltería.

En compañía uno del otro se nos fueron los días y por fin llegamos a la graduación en donde se presentó el acontecimiento más memorable respecto a su nombre. En la ceremonia de despedida el director de la universidad nombró a cada uno de los integrantes de la generación y al llegar al nombre de Adrian, lo nombró como si estuviera escrito en español y le pidió que se dejara de payasadas, pues “estamos en México y su nombre debe ser pronunciado en castellano”.

El padre de mi amigo se enfureció, se levantó de su asiento y se dirigió hasta el podio donde el director seguía regañando a su hijo. Le tiró un golpe que fue detenido por la nariz del profesor de Historia, a quien le vino una hemorragia que espantó a todos los presentes. Dos compañeros ayudaron a Adrian a detener a su papá, mientras el profesor de historia intentaba ir hacia la enfermería tambaleándose entre la gente y una alumna a la que le daba miedo la sangre lo empujó cuando pasó junto a ella, lo que hizo que se tropezara con una silla y cayera.

El director, parado desde el estrado había visto la revuelta, bajó de ahí y fue a esconderse detrás de una profesora que al darse cuenta intentaba ponerse atrás del director, y el profesor volvía a jalarla y ella hacía lo mismo. La escena pueril terminó cuando la maestra le dio una cachetada quizá más fuerte que el golpe que el padre de Adrian pretendía darle pues el director cayó noqueado al recibirlo.

La misma profesora fue la encargada de anunciar a toda la audiencia que la ceremonia se daba por terminada, cuando empezaron los abrazos aún se escuchaban los reclamos del papá de mi amigo entre los que alcancé a reconocer una queja que ya le había oído a mi madre: “uno se quiebra la cabeza pensando en un nombre chingón a su hijo para que venga un pendejo y se lo quiera cambiar”.

Costas


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