'Adrian'
Conocí a Adrian en la escuela de
abogados, se le iba la vida corrigiendo a la gente que no pronunciaba bien su
nombre y ponía la sílaba tónica en las últimas tres letras de su nombre, “es
‘Eidrian’, está en inglés”, les decía. La primera vez que le escuché decir esto
no pude evitar pensar en su ‘mamonería’ evidente, pero años más tarde me daría
cuenta de que no era tanto un asunto suyo como lo era de su padre, quien
padecía de ‘gringofilia’ y había decidido nombrar a su primogénito como si su
nombre fuera anglosajón yme tocó ser testigo en varias ocasiones de discursos aburridos
sobre la importancia de que su nombre fuera pronunciado como estaba escrito y
no como lo pretendía hacer la mayoría de la gente.
Algunas de nuestras compañeras jugaban a
seducirlo, haciéndole burla por esta situación, “quiero un novio extranjero” le
decían y le mandaban besos y le guiñaban el ojo o, en el caso de las más atrevidas,
(sitúese querido lector, en los años 90) bajaban sus blusas para mostrarle
parte de su pecho; ese era el momento en que más apreciaba a mi amigo, pues
podía ver una parte de los senos de mis compañeras que quizá en otras
condiciones jamás miraría.
Cuando por fin encontró una mujer que no
le hiciera burla a ni a él ni a su nombre solíamos salir los tres, aunque estoy
seguro de que a ella no le agradaba la idea, pues en incontables ocasiones
llevaba a sus amigas para que platicaran conmigo, cosa que nunca sucedió, pues
no sólo me daba pena hablar sino que además, mi torpeza terminaba por tirarles
encima el refresco, la comida o en el caso más extremo a mí mismo.
Él nunca quiso culparme por su ruptura,
no al menos de manera directa, pero algunos de sus comentarios como “búscate
una novia” o “deberías joderle la relación a todos los del salón” me hicieron
pensar que no le era muy grato su estado de soltería.
En compañía uno del otro se nos fueron
los días y por fin llegamos a la graduación en donde se presentó el
acontecimiento más memorable respecto a su nombre. En la ceremonia de despedida
el director de la universidad nombró a cada uno de los integrantes de la
generación y al llegar al nombre de Adrian, lo nombró como si estuviera escrito
en español y le pidió que se dejara de payasadas, pues “estamos en México y su
nombre debe ser pronunciado en castellano”.
El padre de mi amigo se enfureció, se
levantó de su asiento y se dirigió hasta el podio donde el director seguía
regañando a su hijo. Le tiró un golpe que fue detenido por la nariz del
profesor de Historia, a quien le vino una hemorragia que espantó a todos los
presentes. Dos compañeros ayudaron a Adrian a detener a su papá, mientras el
profesor de historia intentaba ir hacia la enfermería tambaleándose entre la
gente y una alumna a la que le daba miedo la sangre lo empujó cuando pasó junto
a ella, lo que hizo que se tropezara con una silla y cayera.
El director, parado desde el estrado
había visto la revuelta, bajó de ahí y fue a esconderse detrás de una profesora
que al darse cuenta intentaba ponerse atrás del director, y el profesor volvía
a jalarla y ella hacía lo mismo. La escena pueril terminó cuando la maestra le
dio una cachetada quizá más fuerte que el golpe que el padre de Adrian
pretendía darle pues el director cayó noqueado al recibirlo.
La misma profesora fue la encargada de
anunciar a toda la audiencia que la ceremonia se daba por terminada, cuando
empezaron los abrazos aún se escuchaban los reclamos del papá de mi amigo entre
los que alcancé a reconocer una queja que ya le había oído a mi madre: “uno se
quiebra la cabeza pensando en un nombre chingón a su hijo para que venga un
pendejo y se lo quiera cambiar”.
Costas
Costas
No hay comentarios:
Publicar un comentario