miércoles, 29 de julio de 2015

Leyendas de la meche



Ese día caluroso me costó más que de costumbre salir de casa. Fue el hambre atroz la que me impulsó a saltar de una vez en busca de mi destino. Avancé sobre la avenida atiborrada de puestos con legumbres, frutas y semillas; esquivando camionetas, bicicletas y miradas desdeñosas. “Ahh” el mercado de la Merced, un oasis para mí en esta ciudad repleta de mierda.

¡Pásele güerita, aquí laa tiendo!
¡Mire joven pura calidad, cuánto le pongo!

Unos metros más adelante el aroma a carne impregnaba las camisas de los hombres, las piernas de las mujeres. Lenguas largas y blancuzcas se asomaban por entre las mandíbulas de los cerdos. Cargadores llevaban sobre sus hombros los muslos y lomos, reses descuartizadas que me hicieron salivar.

Seguí con mi andar hasta encontrarme frente a un puesto que robó mi atención y me invitó a probar suerte. El vendedor era un novato; lo delataba el nerviosismo de sus manos al tratar de completar el kilo de bistec. Con los ojos saltones y las manos temblorosas estaba ensimismado sin prestar atención a nada más.

Su cliente, por otro lado, señora regordeta como una sandía, volteaba insistente hacía la avenida como si alguien la esperara, y se limpiaba el sudor de la papada y se cambiaba de brazo la bolsa del mandado.

La adrenalina inundó mi cuerpo cuando por fin me acerqué lo suficiente para tomar algo. Quizá el destino me devolviera algo de lo mucho que me había quitado, quizá no le importara a este nervioso vendedor que me llevara solo un poco de su mercancía, quizá ese día llenaría la panza.

¡Ni lo intentes puto!

La amenaza sepultó mis deseos. Al girar me topé con su mirada de asesino, sabía que si pudiera me aniquilaría, Sus botas, su mandil, su cuerpo todo hedían a muerte. Sabía que era hora de abandonar.

Con la cabeza gacha emprendí la huida hacía el tiradero de basura. Cuántes veces había tomado la misma ruta para encontrar algo de comer. Indignante, hasta para mí. Dolorosa, dolorosa vida, dolorosa derrota, “mmm”, todavía podía saborear aquel filete.

Mientras rebuscaba entre los escombros, las palabras de mi madre endulzaron mi memoria y acariciaron mi alma... “Sé fuerte” me decía, “La vida es una lucha constante hijo mío” y me acariciaba para sentenciar “ Y si vas a donde la carne, que sea cuando haya gente, jamás te acerques a la Meche durante las noches, dicen que si te ven los humanos... ¡Te hacen tacos!”.


Osomajtli

8 comentarios:

  1. Esa vida tan perra,que efímera es la vida en la calle. Excelente narrativa,única y con mucha genialidad. Sigue asi Osomatli. Atentamente Gero

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  2. Ohhh, me gustó muhco, sobre todo por que relata de manera sencilla la vida en ese submundo chilango.

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    1. Vientos!! Seguiré tratando de mostrar esa cara de la vida cotidiana, gracias!!

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