Vacío Colectivo
Aquella mañana de sábado Jacinto se levantó con la
sensaciñon de que había perdido algo. Desesperado buscó en las bolsas de la
chamarra que había usado el día anterior y halló las llaves de la casa, sus
monedas y el teléfono celular. Contó que
en el llavero estuvieran las mismas tres llaves de siempre y aún así sentía que
le faltaba algo. La sensación no lo abandonó durante toda la mañana y decidió
salir a las calles para ver si lograba entender ese sentimiento.
A miles de kilómetros de distancia Ana María despertó de lo
que ella juraba había sido un mal sueño: ella y su hermano habían desaparecido
sin dejar rastro alguno. Abrió los ojos y levantó la cabeza y corroborar que
ambos seguían durmiendo en la misma recámara-comedor-cocina del cuarto donde rentaban.
Cuando la resaca de aquel mal sueño comenzó a diluirse un mal presentimiento se
adueñó de ella. Era como si aunque su familia estuviera ahí le hubieran quitado
algo. Se puso las botas, el pantalón desgastado y la playera negra que había
usado el día anterior, salió a fumar pero el aire que consumía el cigarro
estaba enrarecido.
José Luis abrió el periódico de esa mañana con un sentimiento
de vacío, no dudó en atribuirlo a su aventura por la capital, llevaba tres
meses solo en la ciudad y en algunas ocasiones la soledad le había provocado
sensaciones como las que experimentaba en ese instante y, sin embargo, reconoció
que había algo más. Se sentía raro. Centró sus ojos en el papel y la primera
página de noticias nacionales encontró un casi rutinario “ataques dejan seis
muertos en Iguala”, no decía más, no le dio importancia, viviendo en este país es
una costumbre insana saber que siempre hay muertos por violencia. Cerró el
periódico, pero aún seguía sintiendo aquel vacío.Se preparó un café y se sentó
a mirar a través de la ventana.
Ya a mediodía, el Costas presa del mismo vacío y lleno de
cierto asco por los medios que según él “sólo sirven para engrandecer y
legitimar a los gobiernos corruptos”, se dispuso a visitar su computadora y
esperar encontrar noticias de su novia que se encontraba en otro país. Atribuía
ese sentimiento raro a las ganas de verla, sin embargo, conforme comenzó a
indagar en su perfil de una red digital muy famosa, empezó a enterarse de
algunas cosas, lo primero que vio fue algo que lo horrorizó: un cadáver con el
rostro desollado, no había mucha información, sólo se decía que era una víctima
del día anterior. Otras cosas circulaban con poca claridad pero ya se hablaba
de desaparecidos. El sentimiento de vacío comenzaba a tomar forma.
Conforme avanzó la tarde le pusieron número a esos
desparecidos: 43. Los días avanzaron y ese vacío colectivo comenzó a tener
razón, a todos les hacían falta esos 43, exigían las renuncias de algunos
mandos y la reaparición de los caídos. Se dieron cuenta todos que ese
sentimiento de vacío estaba siendo llenado por la ausencia de aquellos
estudiantes.
Empapado por ese ambiente de protesta, y tras reflexionar un
poco el Costas pensó, no esperen, no pensó esa es una palabra peligrosa en estos
tiempos, intuyó que no son sólo 43 los que faltan, son tantos miles de
desaparecidos, otros miles de muertos y otros tantos amedrentados en un país en
el que, cada vez más, se es perseguido por tener la desfachatez ya no de pensar
diferente, sino simplemente de pensar. En estos tiempos, hace 57 años, hace 60
y tantos años siempre ha ido un pecado pensar, este simple acto puede llegar a
ser subversivo para una clase dirigente representada por alguien que ha sido
incapaz de mencionar tres libros importantes en su vida o las capitales de los
estados, por eso aunque el Costas sí pensó, prefiere dejarlo en sacó conclusiones
de sus reflexiones.
Costas
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