Vivo en Tlatelolco, en ese rumbo de la ciudad anecdótico, politiquero y tan manoseado por el imaginario popular de los defeños que está al centro-norte de la mancha urbana, dirán centro si viven digamos en Coacalco, pero norte si vives en el sur y es que Tlatelolco aunque en realidad está muy cerca del centro, se percibe entre los capitalinos como un pequeño y lejano enclave socialista-comunista que destaca entre barrios y colonias populares que muchos buscan evitar.
Posmo Bites
Tras vivir veintitantos años aquí,
te acostumbras a percibir el 19 de septiembre como una fecha totémica de mucho
recogimiento y protocolo en donde es
obligado escuchar, ver y leer material que tenga relación con el terremoto de
1985 que sacudió en 8.1 grados Richter la ciudad de México y dejó algo así como
10 mil muertos.
Muchos de mis amigos dicen que
los de Tlatelolco tenemos una relación permanente y medio obsesiva con la muerte,
entre el miedo real y la evasión de la realidad; “un día fui a Tlatelolco y sentí
que se podía oler la muerte” decía decidido un amigo de la prepa.
No podría decir si es una colonia
normal o no, pero sí que creo que es diferente, muy oscura (literalmente, hay
poca iluminación), sobria y sí, medio mórbida… y es que la mayoría de la gente
que vive aquí son personas mayores que presenciaron el terremoto y que tienen
un par de historias que contar cada año que septiembre se hace presente.
El terremoto fue trágico, sí,
nadie que viva aquí puede obviar el hecho que dos módulos de un edificio de 15
pisos colapsaron ese día matando alrededor de 300 personas, familias completas quedaron
sepultadas entre pedazos de los más de 100 departamentos que arroparon sus hogares
y en menos de un minuto quedaron reducidos a pesadas piezas deformes de
concreto.
Efectivamente, yo no había nacido
pero fuera de las “n” historias que conozco de gente que quedó sepultada ahí,
la realidad es que el espacio transformado en una plaza existe; quieto y
atemporal. He pasado decenas de veces por ahí y aunque el reloj de sol y sus
jardineras hacen del espacio hasta amigable, uno no puede evitar sentir un
profundo ensimismamiento y vulnerabilidad.
Y aunque muchos posmos podemos
pensar que la muerte es lo más natural y cotidiano del mundo, la realidad es
que el hecho cambia cuando la muerte es repentina y poco digna; el ejercicio
mental de pensar en morir aplastado, desmembrado o lentamente sofocado por los
escombros no es tan “natural” ni “normal” como a los más holísticos-new-age les
gusta predicar.
La realidad es cabrona, injusta y
no tan lejana, ni ajena, y aunque la
mayoría de los que leen esta columna son millennials que tienen en sus recuerdos
más tristes a Pikachú llorando, es interesante que imaginen como sería morir
mientras están cagando en la mañana o mientras se bañan y son aplastados por
varias lozas, o mejor aún, morir de hambre y sed tras varios días de estar
atrapado respirando polvo en la oscuridad.
El ejercicio, les aseguro, no es
tan improductivo como seguro están pensando, al menos es útil para reflexionar
como NO nos gustaría morir y es necesario para entender por qué la gente mayor
tiene tantos asuntos pendientes con esa fecha y más aún para tener algo más que
decir u opinar a la hora de ver en la tele, revistas, internet o periódico “otro
pinche” documental, especial, testimonio del terremoto, además del trillado “no
mamen, eso ya pasó”, “es que todos nos tenemos que morir” o el clasiquísimo “supérenlo”.
Para finalizar, sólo como dato
cultural, les paso el dato que en Tlatelolco no se cayeron “muchos” edificios,
de hecho sólo fue uno, el “Nuevo León”, y eso parcialmente; once más tuvieron
que ser demolidos posteriormente y la mayoría de los que quedaron en pie fueron
reparados en su estructura aunque, por supuesto, eso no es garantía de nada y
aun así haya muerto una sola persona aplastada ya nos da para pensar que como
diría Carmen Salinas: “Ay mijito, no somos nada”.
…Y la verdad no sé si lo diría
pero los memes y su capacidad discursiva me hacen pensar que sí.
@PabloReylar en Twitter
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