Despertó y encontró a su madre profundamente dormida al lado
suyo. No quiso despertarla y la arropó con las cobijas al bajar de la cama.
Abrió las puertas de su alcoba, y al dar el primer paso hacia el pasillo,
escuchó el grito.
-¡Su majestad, su majestad, venga ahora!-
No entendía nada de lo que sucedía, solo escuchó la puerta
de su habitación abrirse, sintió los brazos de su madre abrazándola, y percibió
el grito de júbilo. Volteó a ver el rostro de su madre, y vio cómo caían
lágrimas mientras reía. El rey llegó
corriendo y completó el abrazo, quedando ella apretada entre sus padres, a
quienes nunca había visto tan contentos.
-Es un milagro- gritó el rey
-¿Qué es un milagro?-dijo mientras observaba a sus padres
aún perpleja
-Tú, tú eres el milagro- le dijo su madre mientras
acariciaba su cabello, dándose cuenta que ella no recordaba nada
La indicación había sido clara,
solo trabajadores sin familiar alguno podían ser contratados para la obra,
todos ellos irían a vivir a unas cabañas construidas específicamente para su
estancia durante el tiempo que fuera necesario, y se les proveería de alimento
en las inmediaciones del castillo.
Día a día llegaban bloques de
concreto al reino, los cuales iban a parar a la parte más lejana del páramo,
donde los trabajadores rolaban turnos para que la construcción no cesara nunca,
pues día y noche se les podía ver trabajando desde los rincones más lejanos.
La princesa observaba desde su
ventana a los hombres que no descansaban, y se preguntaba si aquella lejana
torre y los muros levantados alrededor de ella, tenían algo que ver con que
cada noche alguno de sus padres se dirigiera al pasillo más lejano del castillo;
y que le fuera prohibido el paso por los guardias por orden de los reyes,
mientras los veía desparecer a una habitación cerrada con llave y perpetuamente
vigilada por custodios.
Esa noche fingió dormir, y cuando
notó que su madre se había retirado ya de la habitación se levantó. Salió al
pasillo asegurándose que nadie la viera, y lo recorrió lentamente. El castillo
se encontraba demasiado silencioso, seguro todos los sirvientes dormían ya. Se dirigió a la recámara de sus padres y al
abrir la puerta no los vio por ningún lado,
entró a la habitación esperando encontrar las llaves, pero lo único que
vio fue luz entrando por la ventana. Al asomarse vio una gran fiesta con luces
y mesas repletas de personas, la cual tenía lugar junto a los muros y la torre.
El rey llevaba los platos a los
trabajadores él mismo, su esposa servía el delicioso potaje que habían encargado
al cocinero real. Los hombres bebían la
cerveza que les había sido regalada en el festejo por la conclusión de la obra.
Todos los trabajadores reían jocosamente, mientras admiraban las edificaciones
que habían construido. Los reyes encendieron una fogata y mandaron a poner camastros
para los ebrios trabajadores, y así no tuvieran que caminar hasta las cabañas
para dormir. Los monarcas se despidieron de sus fieles servidores, y se
encaminaron a los muros para inspeccionar que los detalles de la construcción
habían sido seguidos al pie de la letra.
El pasillo se encontraba
completamente solo, y en esta ocasión no había luz que lo alumbrara. Aventó una
piedrita que llevaba consigo para asegurarse que ningún guardia se escondiera
en la penumbra. Esperó unos segundos
pero nadie salió a su encuentro, la oscuridad del pasillo la asustaba pero era
mayor su curiosidad, así que decidió atravesar el negro umbral sin luz alguna.
Sus pasos eran lentos y dubitativos, apoyando las manos en la pared para
guiarse a través del corredor. Sentía que el tiempo se volvía eterno mientras
caminaba hacia el cada vez más claro halo de luz que se veía al fondo. Llegó a
una puerta enorme, y por la rendija debajo de la misma la luz atravesaba,
prometedora del gran secreto que escondía.
-¡Cuidado!- le gritó mientras la
jalaba del brazo, pero la púa alcanzó a rasgarla.
La reina gritó adolorida a pesar
de que la herida solo había sido superficial. El rey arrancó un pedazo de tela
de su túnica y lo amarró alrededor del brazo de su esposa para detener el
sangrado.
-Sigue cada uno de mis pasos,
recuerda que no siempre estaré contigo para recordarte el camino- El rey le dio
el mapa a la reina, quien sostenía una vela en la mano.
El laberinto había sido
construido de manera que había un solo
camino para llegar a la torre que se encontraba en medio del mismo, y a lo
largo de las desviaciones habían sido colocadas trampas mortales como la que
había herido a la reina. Solo el arquitecto sabía el camino exacto para llegar
a la torre, y le había entregado un mapa al rey para que se guiara y lo
memorizara, el cual sería destruido después. A los trabajadores les había sido
encargada la construcción por secciones y ninguno tuvo acceso a la totalidad de
los planos para que no conocieran la obra por completo.
Llegaron a la torre, la cual no
tenía ninguna ventana, tan solo una gran y pesada puerta que se encontraba
cerrada. El rey sacó su llave y dio vuelta a la cerradura; a la reina le había
sido entregada una llave idéntica, la cual había colgado en el collar que
llevaba puesto. Subieron las largas escaleras de caracol, hasta llegar a
la parte más alta, encontrando un cuarto pequeño con una única mesa al centro.
-Nunca dejes tu llave, llévala
siempre contigo- dijo el rey a la monarca, mientras colocaba el reloj en la
mesa, cuya arena corría pues se le había dado vuelta ya.
Al salir del laberinto un guardia
esperaba ya, resguardando la entrada. El rey ordenó a su esposa que se
adelantara al castillo para ser atendida.
-¿Han muerto?- preguntó el rey
-Todos y cada uno de ellos-
contestó el guardia
-¿También el arquitecto?-inquirió
el monarca
-Yo mismo lo he matado-
-Muy bien, ordenaste que todos
los cuerpos fueran enterrados-
-Así es su alteza-
-Perfecto-
El Jaguar
