jueves, 5 de noviembre de 2015

¿Los periodistas deben leer poesía?

Por: Arturo García


Primero: tomo como sinónimos las palabras “periodista” y “reportero”; a quienes me dirijo son todas aquellas personas que escriben notas o crónicas periodísticas, y jóvenes estudiantes de periodismo.
             Y segundo: recordar que los periodistas nunca tienen que dejar de sorprenderse; es decir, deben tener la capacidad e inquietud por adentrarse en géneros literarios y musicales, personas, lugares, religiones, gustos… y un largo etcétera.
             Entonces, ¿cuál es la aportación de la poesía para quienes ejercen “el mejor oficio del mundo”, como afirmara Gabriel García Márquez?
             La poesía enseña a hacer frases cortas: esto se llama “verso”.
             La poesía enseña frases concisas: su poder de aglutinar una oración en dos o tres palabras es un recurso poderoso. 
             La poesía enseña la fuerza del lenguaje: al abrir o cerrar un texto debemos encontrar las palabras exactas, las que atraigan al lector y le permita recordar lo escrito.
             La poesía enseña a generar emociones: los textos periodísticos tienen que llegar a ser inolvidables porque mueven recuerdos y sentimientos (odio, rencor, nostalgia, alegría, tristeza).
             La poesía enseña a cambiar de ritmo: olvidémonos que los párrafos largos son aburridos. No es así. Cuando éstos son monótonos es porque se olvidan los cuatro puntos anteriores, porque cuando se es buen lector se lee todo, incluso poesía.
             De ésta se aprende y también se adhiere sin que uno se dé cuenta. Entonces, cuando llega el momento de escribir una crónica o una entrevista o un reportaje o una “simple nota” es cuando podemos, sin siquiera pretenderlo, hacer uso de los recursos que nos da la poesía.
             Todo esto es una introducción a los aportes que, estoy seguro, la poesía regala a los periodistas. Todo esto lo noto en la crónica titulada “El hombre que nada”, de Federico Bianchini, quien ganó el premio de crónica “Las Nuevas Plumas” al narrar su encuentro con el fallecido escritor Fogwill.
             Difundo la primera parte del texto que inicia así:


El viejo nada despacio. Boca arriba. Lento. Muy lento. Mueve el brazo derecho, las piernas apenas. Mueve el brazo izquierdo. La pileta está casi vacía. En el segundo andarivel, solos: el viejo y yo. Él, con su parsimonia. Malla negra, antiparras oscuras, bigote finito y canoso. Lo conozco. De algún lado lo conozco. Lo paso por el costado. Llego al borde de la pileta, giro en el lugar, empujo con los pies. Son más de las nueve de la noche de un día de semana. Bajo los violentos reflectores del histórico club Almagro, me lo cruzo de vuelta. Cambio el ritmo: busco coincidir en los descansos de ese hombre que nada y no avanza. Trato de confirmar si la cara es la misma que aparece en la solapa del libro Restos diurnos. Foto en blanco y negro. Varios años menos. Ahora, descansa. Está apoyado en la pared del sector menos profundo de la pileta. Se saca las antiparras. Olor a cloro. Agitado, el viejo resopla con fuerza. Murmura.

—Disculpe. ¿Dijo algo? –pregunto.
—No. Hablaba solo.
—¿Usted es Fogwill?
—Sí. Por eso hablo solo.

1 comentario:

  1. Me hubiera gustado primero leer la crónica y que después su texto, ya que al inicio no le encontraba tanto sentido o dirección como al final.

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